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Imagen: Soldados republicanos en la despedida de Machado, en Colliure, 1939.
Los últimos días del poeta Antonio Machado (Sevilla, 1875-Colliure, 1939) se asemejaron a los de un barco varado que recibe impotente los embates del mar. Largo peregrinar; avanzada la guerra, la Alianza de Intelectuales apuesta por evacuar a zonas seguras a sus referentes literarios y artísticos, no fue fácil; “concentrado y triste”, que diría Alberti, el poeta se resiste. De noviembre de 1936 a abril de 1938, Antonio Machado, sus hermanos Joaquín y José, la madre Ana Ruiz, lo pasan en Rocafort, Valencia, donde la merma de salud no impide una acción laboriosa en pro de la República; de mayo de 1938 hasta enero de 1939, primero en el hotel Majestic, luego en la Torre de Castañer, la familia lo pasa en Barcelona. El desenlace de la contienda pinta mal. Con el semblante de resignación, él y su familia -22 de enero- salen en un vehículo de la Dirección de Sanidad; les acompañan Corpus Barga, Carlos Riba, Joaquín Xirau, y Tomás Navarro. A medio kilómetro de la frontera, en medio de un colapso sin solución, tienen que bajarse y recorrer, bajo una lluvia humillante, la distancia que los separa de la aduana francesa; lo consiguen el 27 de enero, atrás dejaron sus maletas, y las pocas pertenencias. Gracias a la ayuda de Corpus Barga, la familia llega a Colliure, se instala en el hotel Bougnol Quintana. La habitación número 5 la ocupa Antonio y su madre; otra más pequeña, su hermano José y su esposa. La salud del poeta era un quebranto. Ni siquiera Colliure y su conmovedora visión del mar serían bálsamo en el dolor de quien ha perdido la vida y el sueño. En el mes que duró su existir, en alguna ocasión, el poeta y su madre pasearon con la intención de dibujar nuevamente el horizonte de libertad; la mayoría de los días se conformaron con perfilar la bahía desde la ventana. Difícil olvidar la patria, a Guiomar, a Manuel, el hermano del alma, a quien la guerra había depositado en el otro lado.
“Estos días azules y este sol de la infancia”, rezaban en un papel arrugado de la chaqueta del poeta muerto un mes después. Tres días después, lo haría la madre. Ambos, desde entonces reposan juntos en una tumba prestada. Sobra decir que es una de las más visitadas, muchos, en un buzón instalado junto a ella, depositan poemas llenos de anhelos. Allí el poeta los lee.
*Publicado en La Revista 27/08/2015
27 ago 2015
20 ago 2015
Jeanne Hébuterne y Modigliani, amores trágicos #Iconos
Iconos
Imagen: Jean Hébuterne, 1919.
Autor: Amedeo Modigliani.
Amedeo Modigliani (1884, Livorno- 1920, Paris) fue un bohemio enamoradizo a la par que pintor apresurado y talentoso. Llegó a París en 1906, entre cartas de recomendación y la plata ajustada que le legó su madre; tímido y guapo, se supera a fuerza de aficionarse al alcohol y al hachís. La pasión por la fiesta y el sexo femenino estaría incluido.
Montparnasse le reconocería de inmediato, también Montmartre, donde dibujaba de impresión, con un cartel que rezaba: “Soy Modigliani, judío, cinco francos. Influenciado por Klimt y Utamaro, su pasión por lo femenino se torna en unas figuras estilizadas atrapadas en una sensualidad siempre presente. Muchas fueron amantes, breves encuentros como si la vida fuera un suspiro aferrado al calentamiento del instante. Su labia, porte, contribuyeron al éxito del galanteo. Muchas sí, pero sólo Jeanne Hébuterne -19 años- perdió la cabeza y arruinó su vida por seguir sus pasos. Su fama de pintor fue medrando a la par que se deterioraba la salud -tuberculosis-. Jeanne era una belleza misteriosa encaramada en una melena de ojos penetrantes y mirada angelical; ella misma era pintora y como modelo posaría para Foujita. Al padre de la joven, conocedor de sus andanzas, con aquella relación le dieron un disgusto infinito que no lo superaría ni tras la muerte de ambos. Aquel mismo año -1917- la galería Berthe Weill, en la única exposición dedicada en vida al artista, requiriría la presencia de los gendarmes merced a unos desnudos instalados en el escaparate.
En las postrimerías del fin de la I Gran Guerra, 1918, la pareja se traslada a Niza, allí nace su hija y allí se trata de curar el pintor. La niña sería entregada a una institución para garantizar unos cuidados inalcanzables entonces para los progenitores. Modigliani, enfermo y aburrido, anhelante de la vida bohemia, se aleja del escenario de Niza y regresa a París en busca del final. El pintor siente el presagio de la muerte un 24 de enero de 1920, ella, nuevamente embarazada, está junto a él, bocetando la agonía. Él muere en el hospital; mientras Modigliani es honrado por las calles de París por un amplio cortejo fúnebre lleno de artistas ella salta al vacío desde su habitación en casa de sus padres. Hasta 10 años después no reposarían juntos.
*Publicado en La Revista 20/08/2015
Imagen: Jean Hébuterne, 1919.
Autor: Amedeo Modigliani.
Amedeo Modigliani (1884, Livorno- 1920, Paris) fue un bohemio enamoradizo a la par que pintor apresurado y talentoso. Llegó a París en 1906, entre cartas de recomendación y la plata ajustada que le legó su madre; tímido y guapo, se supera a fuerza de aficionarse al alcohol y al hachís. La pasión por la fiesta y el sexo femenino estaría incluido.
Montparnasse le reconocería de inmediato, también Montmartre, donde dibujaba de impresión, con un cartel que rezaba: “Soy Modigliani, judío, cinco francos. Influenciado por Klimt y Utamaro, su pasión por lo femenino se torna en unas figuras estilizadas atrapadas en una sensualidad siempre presente. Muchas fueron amantes, breves encuentros como si la vida fuera un suspiro aferrado al calentamiento del instante. Su labia, porte, contribuyeron al éxito del galanteo. Muchas sí, pero sólo Jeanne Hébuterne -19 años- perdió la cabeza y arruinó su vida por seguir sus pasos. Su fama de pintor fue medrando a la par que se deterioraba la salud -tuberculosis-. Jeanne era una belleza misteriosa encaramada en una melena de ojos penetrantes y mirada angelical; ella misma era pintora y como modelo posaría para Foujita. Al padre de la joven, conocedor de sus andanzas, con aquella relación le dieron un disgusto infinito que no lo superaría ni tras la muerte de ambos. Aquel mismo año -1917- la galería Berthe Weill, en la única exposición dedicada en vida al artista, requiriría la presencia de los gendarmes merced a unos desnudos instalados en el escaparate.
En las postrimerías del fin de la I Gran Guerra, 1918, la pareja se traslada a Niza, allí nace su hija y allí se trata de curar el pintor. La niña sería entregada a una institución para garantizar unos cuidados inalcanzables entonces para los progenitores. Modigliani, enfermo y aburrido, anhelante de la vida bohemia, se aleja del escenario de Niza y regresa a París en busca del final. El pintor siente el presagio de la muerte un 24 de enero de 1920, ella, nuevamente embarazada, está junto a él, bocetando la agonía. Él muere en el hospital; mientras Modigliani es honrado por las calles de París por un amplio cortejo fúnebre lleno de artistas ella salta al vacío desde su habitación en casa de sus padres. Hasta 10 años después no reposarían juntos.
*Publicado en La Revista 20/08/2015
9 jul 2015
El secreto de Gustave Courbet #Iconos
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Imagen: Jo (La belle irlandaise), 1865-1866. Retrato de Joanna Hiffernan.
Autor: Gustave Courbet.
Un secreto, oiga, detrás del cuadro más polémico y morboso de la historia del arte, “L'origine du monde” (1866), el del primer plano de un pubis femenino, así, sin preámbulos, cuan torrente de vida, está una mujer. Menuda adivinación, dirán. Lo que durante años era una suposición, que Gustave Courbet (Ornans, Francia, 1819 - La Tour de Peilz, Suiza, 1877), pintor realista de marcado compromiso político y apego a un naturalismo combativo, sobre todo en sus desnudos, encerraba también otras cuestiones, algún secreto de alcoba además de una sonada enemistad a partir de aquel lienzo. Hace ahora dos años, la publicación francesa Paris Match, se hacía eco de un hallazgo, el de un coleccionista que se había hecho en un anticuario con un retrato de mujer en una posición sospechosa de ser una continuación del cuadro de Courbet. Estudiosos del pintor -Jean-Jacques Fernier- avalaron la teoría, que la pieza firmada con las iniciales invertidas del pintor en el lóbulo de la mujer y la del pubis en el tronco de ésta fueran la misma.
El misterioso hallazgo no cambia la historia, aunque, tras el hecho, le pone rostro y revaloriza aún más la obra. Un lienzo cargado de polémica, que durante gran parte de su vida ha estado oculto, incluso cuando un psicoanalista como Lacan, uno de sus dueños, lo gozaba en propiedad; algo semejante ocurrió cuando, donada por sus herederos al fisco francés, fue depositada en el Museo d'Orsay donde también estuvo años oculto, y cuando se exhibió fue con protección. La protagonista sí que era quien se presuponía, una reconocida pelirroja, amante y modelo de James McNeill Whistler, Joanna Hiffernan, también de Courbet. Ambos, amigos, con una vinculación artistica notable entre ellos. En 1866, Whistler, tras un problema político y familiar se ahusenta durante meses con destino a Valparaiso (Chile), dejando a Joanna a cargo de sus cosas. La encomienda no resulta muy firme, la modelo recala en París, en brazos de Courbet y posando en cuadros como “Le Sommeil”, 1866, donde dos jóvenes desnudas descansan entrelazadas sobre las sábanas, una escena cargada de intenciones, De ese año también es “L'Origine du monde”, una escena al natural donde el pintor sólo tenía que girarse unos grados . Él también estaba descubriendo el mundo.
*Publicado en La Revista 9/07/2015
Imagen: Jo (La belle irlandaise), 1865-1866. Retrato de Joanna Hiffernan.
Autor: Gustave Courbet.
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| Joanna Hiffernan. |
Un secreto, oiga, detrás del cuadro más polémico y morboso de la historia del arte, “L'origine du monde” (1866), el del primer plano de un pubis femenino, así, sin preámbulos, cuan torrente de vida, está una mujer. Menuda adivinación, dirán. Lo que durante años era una suposición, que Gustave Courbet (Ornans, Francia, 1819 - La Tour de Peilz, Suiza, 1877), pintor realista de marcado compromiso político y apego a un naturalismo combativo, sobre todo en sus desnudos, encerraba también otras cuestiones, algún secreto de alcoba además de una sonada enemistad a partir de aquel lienzo. Hace ahora dos años, la publicación francesa Paris Match, se hacía eco de un hallazgo, el de un coleccionista que se había hecho en un anticuario con un retrato de mujer en una posición sospechosa de ser una continuación del cuadro de Courbet. Estudiosos del pintor -Jean-Jacques Fernier- avalaron la teoría, que la pieza firmada con las iniciales invertidas del pintor en el lóbulo de la mujer y la del pubis en el tronco de ésta fueran la misma.
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| “Le Sommeil”, 1866. |
El misterioso hallazgo no cambia la historia, aunque, tras el hecho, le pone rostro y revaloriza aún más la obra. Un lienzo cargado de polémica, que durante gran parte de su vida ha estado oculto, incluso cuando un psicoanalista como Lacan, uno de sus dueños, lo gozaba en propiedad; algo semejante ocurrió cuando, donada por sus herederos al fisco francés, fue depositada en el Museo d'Orsay donde también estuvo años oculto, y cuando se exhibió fue con protección. La protagonista sí que era quien se presuponía, una reconocida pelirroja, amante y modelo de James McNeill Whistler, Joanna Hiffernan, también de Courbet. Ambos, amigos, con una vinculación artistica notable entre ellos. En 1866, Whistler, tras un problema político y familiar se ahusenta durante meses con destino a Valparaiso (Chile), dejando a Joanna a cargo de sus cosas. La encomienda no resulta muy firme, la modelo recala en París, en brazos de Courbet y posando en cuadros como “Le Sommeil”, 1866, donde dos jóvenes desnudas descansan entrelazadas sobre las sábanas, una escena cargada de intenciones, De ese año también es “L'Origine du monde”, una escena al natural donde el pintor sólo tenía que girarse unos grados . Él también estaba descubriendo el mundo.
*Publicado en La Revista 9/07/2015
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| “L'Origine du monde”, 1866 |
18 jun 2015
La loca más hermosa ·#CarmenMondragón #Iconos
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Imagen: Carmen Mondragón.
Autoría: Edward Weston.
En Carmen Mondragón (Ciudad de México 1893-1978) no hay duda, su belleza y personalidad eran volcánicas. Poetisa, pintora, modelo. Consciente del destello de unos ojos verdes como mares, de un cuerpo menudo de medusa voraz, se apuntaló a una biografía cuyo erotismo caminaba a la par que su rebeldía. Sus poemas de infancia aún estremecen: “Soy una llama devorada por sí misma y que no se puede apagar”. La mejicana renunció a aquello que se suponía predestinada, decidiría sus propios infiernos, no otros, ya fueran sus padres, quienes la mandaron a formarse a la exquisita Francia; o marido, un cadete, Manuel Rodríguez Lozano, con el que convivió, 8 años en Francia y en España tras el despertar revolucionario en su país, sin mayor vínculo. En Francia compartió escena artística con Picasso o Diego Rivera, allí, el cadete se volvió pintor. La relación matrimonial fue una deriva. De regreso a México su mentalidad europea, sus encantos y una visión desinhibida, hacen estragos; fue pionera en el uso de la minifalda. Su querencia artística la llevan a codearse con Tina Modotti, Frida Kahlo, Clemente Orozco, Diego Rivera, David Alfaro Sequeiros. Sus pinturas, poesía, no eran malas, pero fue su propia biografía, al calor de una sexualidad encendida y apasionada, sus desnudos como modelo para Edward Weston, Antonio Garduño o Diego Rivera, lo que le han valido el estatus de celebridad.
En México vivió una relación intensa y tormentosa con el pintor Gerardo Murillo, eran los años 20, una década intensa y fascinante también para el arte y la cultura mejicana. Fue el pintor, el Doctor Atl, quien le asignó el sobrenombre de Nahui Olin, “movimiento perpetuo”. Dicen que se amaban como fieras.
Aún en su desnudez, sus ojos, su mirada felina, la estela de Nahui era una especie de animal que se venía encima. Tenía el mar en sus ojos, “Vivir con dos olas de mar dentro de la cabeza no ha de ser fácil”, que diría Elena Poniatowska; no, no lo era. Carmen, Nahui, era para sus amantes una atracción irresistible, lo que desconocían era el acantilado que se les presentaría en breve. Murió en su locura, antes se enamoraría de un marino que un día se perdió en el mar. Sus ojos allí siguen guiando navíos, para bien y para mal.
*Publicado en La Revista 18/06/2015
Imagen: Carmen Mondragón.
Autoría: Edward Weston.
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| Edward Weston |
En Carmen Mondragón (Ciudad de México 1893-1978) no hay duda, su belleza y personalidad eran volcánicas. Poetisa, pintora, modelo. Consciente del destello de unos ojos verdes como mares, de un cuerpo menudo de medusa voraz, se apuntaló a una biografía cuyo erotismo caminaba a la par que su rebeldía. Sus poemas de infancia aún estremecen: “Soy una llama devorada por sí misma y que no se puede apagar”. La mejicana renunció a aquello que se suponía predestinada, decidiría sus propios infiernos, no otros, ya fueran sus padres, quienes la mandaron a formarse a la exquisita Francia; o marido, un cadete, Manuel Rodríguez Lozano, con el que convivió, 8 años en Francia y en España tras el despertar revolucionario en su país, sin mayor vínculo. En Francia compartió escena artística con Picasso o Diego Rivera, allí, el cadete se volvió pintor. La relación matrimonial fue una deriva. De regreso a México su mentalidad europea, sus encantos y una visión desinhibida, hacen estragos; fue pionera en el uso de la minifalda. Su querencia artística la llevan a codearse con Tina Modotti, Frida Kahlo, Clemente Orozco, Diego Rivera, David Alfaro Sequeiros. Sus pinturas, poesía, no eran malas, pero fue su propia biografía, al calor de una sexualidad encendida y apasionada, sus desnudos como modelo para Edward Weston, Antonio Garduño o Diego Rivera, lo que le han valido el estatus de celebridad.
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| Carmen Mondragón y Gerardo Murillo |
En México vivió una relación intensa y tormentosa con el pintor Gerardo Murillo, eran los años 20, una década intensa y fascinante también para el arte y la cultura mejicana. Fue el pintor, el Doctor Atl, quien le asignó el sobrenombre de Nahui Olin, “movimiento perpetuo”. Dicen que se amaban como fieras.
Aún en su desnudez, sus ojos, su mirada felina, la estela de Nahui era una especie de animal que se venía encima. Tenía el mar en sus ojos, “Vivir con dos olas de mar dentro de la cabeza no ha de ser fácil”, que diría Elena Poniatowska; no, no lo era. Carmen, Nahui, era para sus amantes una atracción irresistible, lo que desconocían era el acantilado que se les presentaría en breve. Murió en su locura, antes se enamoraría de un marino que un día se perdió en el mar. Sus ojos allí siguen guiando navíos, para bien y para mal.
*Publicado en La Revista 18/06/2015
28 may 2015
Ramoncín, “Marica de terciopelo” #Iconos
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Foto: Ramoncín en "2x2“, programa de TVE, 1978.
Ramoncín, al personaje, todo el mundo le reconoce. No me interesa. Hay otro Ramoncín, el músico, personaje hecho a sí mismo con el descaro que tienen quienes la necesidad vital les ha hecho apretar los dientes. Un músico previo a la Movida Madrileña, que con 28 años había sacado cinco discos a los que no les pondré adjetivos, bueno sí, imprescindibles. “Ramoncín y WC?” (1978), “Barriobajero” (1979), “Arañando la ciudad” (1981); “Corta” (1982); “Ramoncinco” (1984). Después la historia es otra, ni buena ni mala, distinta, y, suya.
“Grupo que empieza en Vallecas necesita cantante. No importa que sea bueno pero que se lo monte bien en el escenario”, rezaba un anuncio de Disco Expres. Siracusa buscaba cantante, en 1977. El fichaje prometía, además de ganas, aquel chaval, menguado y flaco como un palo, se las daba de poeta. “Marica de terciopelo” https://m.youtube.com/watch?v=yt508cJ8DGM “Cómete una paraguaya”, fueron cosecha suya, la música, un escándalo, lo importante, la actitud. Aquellos músicos despertaban los ecos de una música rabiosa, agitada en el extrarradio, pero con temperamento propio. El grupo cambia el nombre por WC?, pero todo el mundo menta a Ramoncín, a él es a quien buscan. Allá por donde tocan, arrasan, no se habla de otra cosa. El músico, a aquellas guitarras entrecortadas y a esa suerte de nihilismo de barrio cantado, descubre que sus provocaciones son correspondidas por un público dispuesto a guerrear las afrentas, huevos, frutas y lo que fuera menester surten la escena. Los músicos, los originales, Jero Ramiro y compañía, son cambiados por Carlos Micheneli, Roberto Jiménez y Manolo Caño, músicos ya experimentados. Ramoncín y WC? (1978) es editado por EMI, a partir de ahí supo imponer su personalidad y sobreponerse a las tiranías de las modas y los estilos. Aquel primer disco es la bomba, un postureo glam -envuelto en cuero, un ojo pintado en rombo- y canciones cargadas de latiguillos libertarios. Sus gestas entran en los telediarios y en las páginas de las crónicas de sucesos de los diarios. ¿Pura provocación? Sí, claro. "Marica de Terciopelo”, en el “2x2”, de TVE, fue pasión y furia, 15 millones de españolitos fueron desafiados. Isabel Tenaille y Mercedes Milá abrieron la espita. Él, el rey, del pollo frito.
*Publicado en La Revista 28/05/2015
Foto: Ramoncín en "2x2“, programa de TVE, 1978.
Ramoncín, al personaje, todo el mundo le reconoce. No me interesa. Hay otro Ramoncín, el músico, personaje hecho a sí mismo con el descaro que tienen quienes la necesidad vital les ha hecho apretar los dientes. Un músico previo a la Movida Madrileña, que con 28 años había sacado cinco discos a los que no les pondré adjetivos, bueno sí, imprescindibles. “Ramoncín y WC?” (1978), “Barriobajero” (1979), “Arañando la ciudad” (1981); “Corta” (1982); “Ramoncinco” (1984). Después la historia es otra, ni buena ni mala, distinta, y, suya.
“Grupo que empieza en Vallecas necesita cantante. No importa que sea bueno pero que se lo monte bien en el escenario”, rezaba un anuncio de Disco Expres. Siracusa buscaba cantante, en 1977. El fichaje prometía, además de ganas, aquel chaval, menguado y flaco como un palo, se las daba de poeta. “Marica de terciopelo” https://m.youtube.com/watch?v=yt508cJ8DGM “Cómete una paraguaya”, fueron cosecha suya, la música, un escándalo, lo importante, la actitud. Aquellos músicos despertaban los ecos de una música rabiosa, agitada en el extrarradio, pero con temperamento propio. El grupo cambia el nombre por WC?, pero todo el mundo menta a Ramoncín, a él es a quien buscan. Allá por donde tocan, arrasan, no se habla de otra cosa. El músico, a aquellas guitarras entrecortadas y a esa suerte de nihilismo de barrio cantado, descubre que sus provocaciones son correspondidas por un público dispuesto a guerrear las afrentas, huevos, frutas y lo que fuera menester surten la escena. Los músicos, los originales, Jero Ramiro y compañía, son cambiados por Carlos Micheneli, Roberto Jiménez y Manolo Caño, músicos ya experimentados. Ramoncín y WC? (1978) es editado por EMI, a partir de ahí supo imponer su personalidad y sobreponerse a las tiranías de las modas y los estilos. Aquel primer disco es la bomba, un postureo glam -envuelto en cuero, un ojo pintado en rombo- y canciones cargadas de latiguillos libertarios. Sus gestas entran en los telediarios y en las páginas de las crónicas de sucesos de los diarios. ¿Pura provocación? Sí, claro. "Marica de Terciopelo”, en el “2x2”, de TVE, fue pasión y furia, 15 millones de españolitos fueron desafiados. Isabel Tenaille y Mercedes Milá abrieron la espita. Él, el rey, del pollo frito.
*Publicado en La Revista 28/05/2015
15 may 2015
Anita Berber, expresión vivida #Iconos
Iconos
Imagen: Anita Berber.
Autor: Ernest Schneider, 1921.
El Berlín de los 20 era un cuadro de Kirchner o una escena de Fritz Lang donde la vida lucía tan intensa como si se fuera a apagar mañana. Elegante, enigmática, provocativa, Anita Berber vivió 29 años (de 1899 a 1928). Fue bailarina, actriz, modelo y mujer desinhibida, además de cocainómana. Las postrimerías de la Alemania de la República de Weimar eran algo así como la antesala del purgatorio, con destino al infierno. Icono salvaje del expresionismo, llevó al límite su pasión por la danza, bailando desnuda en cabarets y provocando al personal a golpe de amoríos lésbicos y otras hierbas. Lo mismo se enamoraba de hombres que de mujeres, que bailaba vestida de hombre ejerciendo de "dominatrix" sobre el escenario que encapsulada en un corset de alambre con el pecho al descubierto.
La República se consumía, mientras la noche berlinesa recogía toda la magia ilustrada de una civilización en su fin. En breve, el arte de vanguardia, la expresividad que ilustraba todo aquello, sería arte degenerado con destino a las mazmorras. Mientras, Anita Berber, bebía la efervescencia de su arte igual que disfrutaba del concepto libérrimo de su sexo, unas melodías apresuradas que la iban a consumir muy breve. La cocaína es lo que tiene. Se había casado -1919- con un hombre rico, Eberhard von Nathusius, quien le dio esa independencia que todos sueñan sin mucho peaje a cambio. Aquel mismo año protagonizaría una película, “Diferente a los demás”, de Richard Oswald, una de las primeras películas que aborda la homosexualidad sin provocar un cisma; en 1922, participaría en Dr. Mabuse, de Fritz Lang. En 1922 se casa con su pareja artística Sebastian Droste, “Morphium”, “Casa de locos” y un libro “Danzas de vicio, horror y éxtasis”, con poesías, dibujos y fotografías en actitud viva y expresiva que recoge la esencia de sus espectáculos.
En 1924 se vuelve a casar con un bailarín norteamericano, Henri Chatin-Hoffman, con quien vuelve a conjugar el verbo provocación sin distingos entre escenarios y vida privada que quedaba plenamente recogida por la prensa de la época, quien se hacía eco de sus vida de excesos entre drogas y sonoras orgías. Otto Dix, la pintó ya ausente con la mirada perdida y las manos regaladas sobre sus caderas. Ya no era Anita Berber.
*Publicado en La Revista 14/05/2105
Imagen: Anita Berber.
Autor: Ernest Schneider, 1921.
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| Ernest Schneider, 1921 |
El Berlín de los 20 era un cuadro de Kirchner o una escena de Fritz Lang donde la vida lucía tan intensa como si se fuera a apagar mañana. Elegante, enigmática, provocativa, Anita Berber vivió 29 años (de 1899 a 1928). Fue bailarina, actriz, modelo y mujer desinhibida, además de cocainómana. Las postrimerías de la Alemania de la República de Weimar eran algo así como la antesala del purgatorio, con destino al infierno. Icono salvaje del expresionismo, llevó al límite su pasión por la danza, bailando desnuda en cabarets y provocando al personal a golpe de amoríos lésbicos y otras hierbas. Lo mismo se enamoraba de hombres que de mujeres, que bailaba vestida de hombre ejerciendo de "dominatrix" sobre el escenario que encapsulada en un corset de alambre con el pecho al descubierto.
La República se consumía, mientras la noche berlinesa recogía toda la magia ilustrada de una civilización en su fin. En breve, el arte de vanguardia, la expresividad que ilustraba todo aquello, sería arte degenerado con destino a las mazmorras. Mientras, Anita Berber, bebía la efervescencia de su arte igual que disfrutaba del concepto libérrimo de su sexo, unas melodías apresuradas que la iban a consumir muy breve. La cocaína es lo que tiene. Se había casado -1919- con un hombre rico, Eberhard von Nathusius, quien le dio esa independencia que todos sueñan sin mucho peaje a cambio. Aquel mismo año protagonizaría una película, “Diferente a los demás”, de Richard Oswald, una de las primeras películas que aborda la homosexualidad sin provocar un cisma; en 1922, participaría en Dr. Mabuse, de Fritz Lang. En 1922 se casa con su pareja artística Sebastian Droste, “Morphium”, “Casa de locos” y un libro “Danzas de vicio, horror y éxtasis”, con poesías, dibujos y fotografías en actitud viva y expresiva que recoge la esencia de sus espectáculos.
En 1924 se vuelve a casar con un bailarín norteamericano, Henri Chatin-Hoffman, con quien vuelve a conjugar el verbo provocación sin distingos entre escenarios y vida privada que quedaba plenamente recogida por la prensa de la época, quien se hacía eco de sus vida de excesos entre drogas y sonoras orgías. Otto Dix, la pintó ya ausente con la mirada perdida y las manos regaladas sobre sus caderas. Ya no era Anita Berber.
*Publicado en La Revista 14/05/2105
23 abr 2015
Maruja Mallo, musa de la modernidad #Iconos
Iconos
Foto: Maruja Mallo, Chile, 1945.
Autor: Maruja Mallo, Pablo Neruda.
A maruja Mallo (Viveiro, 1902; Madrid, 1995) le acompaña la leyenda de que paseaba su menguada figura envuelta en un abrigo de pieles. Su rostro, de una destreza picassiana atrapada entre gasas imposibles, le generaban la actitud y color a esta pionera. Se paseó por las vanguardias de su juventud como quien se asoma rabiosa a la ventana de la vida; se ganó así la amistad de Lorca, Dalí, y Buñuel; veían en ella a una mujer que militaba en su propia causa, el surrealismo. Pero Maruja Mallo era más que una seguidora fiel en la aventura freudiana de la pintura, compañera destacada de los creadores del 27. Fueron los tótems del surrealismo, Breton, Éluard, quienes darían un “sí quiero” de admiración en aquel París pleno y bullicioso donde la artista había llegado para estudiar escenografía. El propio Breton le compraría para sí uno de sus cuadros, pero la de Viveiro militaba en múltiples causas, como la que le llevó junto a a Alberto Sánchez y Benjamín Palencia a descubrir los parajes agrestes del extrarradio madrileño - Escuela de Vallecas- en un afán estetizante por descubrir la belleza del submundo paisajístico.
Como docente en el Arévalo de La República compartiría doctrina militante, que la llevarían a sublimar a la causa trabajadora, y a pasear en bicicleta por el interior de una iglesia en domingo y salir como si nada. Ella era así, de gestos y encuentros. La guerra le pilla en Vigo, vía Portugal se traslada a Argentina. Junto al exilio galaico -Seoane, Colmeiro-, se reencuentra con el orden y simetría, con la influencia de autores como Torres García y el rigor numérico compositivo que ella traslada a su particular visión y representación de la naturaleza. Muralista, escenógrafa, incluso performer como se pueden ver en sus fotografías recubierta de algas, al estilo de la que muchos años antes le había fotografiado su hermano Justo en Cercedilla; ella siempre como protagonista de un rico mundo interior.
Del exilio -1961- regresa con la mueca, y el miedo a la represión; nadie la recuerda. Pasarían años, hasta que la movida la implantaría en su esencia de modernidad, allí se volvería a pasear como lo que era, una mujer moderna, libre y con su propio relato en la mano. Y el abrigo de pieles.
* Publicado en La Revista 23/04/2015
Foto: Maruja Mallo, Chile, 1945.
Autor: Maruja Mallo, Pablo Neruda.
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| Maruja Mallo, 1945. |
A maruja Mallo (Viveiro, 1902; Madrid, 1995) le acompaña la leyenda de que paseaba su menguada figura envuelta en un abrigo de pieles. Su rostro, de una destreza picassiana atrapada entre gasas imposibles, le generaban la actitud y color a esta pionera. Se paseó por las vanguardias de su juventud como quien se asoma rabiosa a la ventana de la vida; se ganó así la amistad de Lorca, Dalí, y Buñuel; veían en ella a una mujer que militaba en su propia causa, el surrealismo. Pero Maruja Mallo era más que una seguidora fiel en la aventura freudiana de la pintura, compañera destacada de los creadores del 27. Fueron los tótems del surrealismo, Breton, Éluard, quienes darían un “sí quiero” de admiración en aquel París pleno y bullicioso donde la artista había llegado para estudiar escenografía. El propio Breton le compraría para sí uno de sus cuadros, pero la de Viveiro militaba en múltiples causas, como la que le llevó junto a a Alberto Sánchez y Benjamín Palencia a descubrir los parajes agrestes del extrarradio madrileño - Escuela de Vallecas- en un afán estetizante por descubrir la belleza del submundo paisajístico.
Como docente en el Arévalo de La República compartiría doctrina militante, que la llevarían a sublimar a la causa trabajadora, y a pasear en bicicleta por el interior de una iglesia en domingo y salir como si nada. Ella era así, de gestos y encuentros. La guerra le pilla en Vigo, vía Portugal se traslada a Argentina. Junto al exilio galaico -Seoane, Colmeiro-, se reencuentra con el orden y simetría, con la influencia de autores como Torres García y el rigor numérico compositivo que ella traslada a su particular visión y representación de la naturaleza. Muralista, escenógrafa, incluso performer como se pueden ver en sus fotografías recubierta de algas, al estilo de la que muchos años antes le había fotografiado su hermano Justo en Cercedilla; ella siempre como protagonista de un rico mundo interior.
Del exilio -1961- regresa con la mueca, y el miedo a la represión; nadie la recuerda. Pasarían años, hasta que la movida la implantaría en su esencia de modernidad, allí se volvería a pasear como lo que era, una mujer moderna, libre y con su propio relato en la mano. Y el abrigo de pieles.
* Publicado en La Revista 23/04/2015
12 abr 2015
9 abr 2015
2 abr 2015
Thonet nº 14, una silla de altura #Iconos #La Revista
Iconos
Diseño: Thonet nº 14
Autor: Michael Thonet
Hay objetos que lo tienen todo. Belleza, practicidad, sencillez; piezas que enamoran por sus curvas, perdón, por sus líneas curvadas, una de sus aportaciones. Clásicos del diseño porque han compartido nuestros sueños. La silla nº 14 de Thonet, creada por Michael Thonet (Boppard, Alemania, 1796-Viena, 1871) es casi imposible que no haya soportado en algún momento nuestro descanso, la original, de la que desde su creación en 1859 hasta 1930 se habían vendido más de 50 millones de muestras, o una de las infinitas reproducciones.
Thonet, un constructor de muebles e industrial, pionero del diseño en curvado ( en 1841 obtuvo una primera patente para el doblado en caliente de la madera) a partir de moldes, baños de vapor y prensas de bronce, en los que sometía la madera de haya de manera para obtener una estructura homogénea y seriada; una vez completada la fase de enfriamiento y retirados los moldes, la madera se presentaba lista en las distintas piezas correspondientes al modelo, de las que tan sólo quedaba un sencillo proceso de ensamblaje. Eran seis piezas en madera y otras seis metálicas, que facilitaban el transporte. En la imagen promocional de la época se puede ver un mecano de piezas sueltas a construir dentro de un habitáculo cuadrado. En un metro cuadrado encajaban a la perfección 36 sillas dispuestas a montar en destino. En 1859 Thonet, un innovador y creativo hijo de carpintero se estaba adelantando 100 años al hoy reconocido modelo Ikea, abaratando con su invento los costes de producción y el transporte de sus sillas que después serían montadas sin complicaciones en destino sin tener que recurrir a profesionales.
La pieza fue una revolución formal y técnica, “nunca se ha creado nada mejor en en cuanto a elegancia en la concepción, pericia en el ejercicio y eficacia”, diría Le Corbusier. y es que tiene todo aquello que se le pudiera pedir a un gran invento de diseño, es una pieza ligera, ergonómica, sencilla y además, en tiempos muy económica, decían que por el coste de una botella de vino te hacías con una, esa razón, junto a un diseño que no cansa, hace de la silla Thonet un clásico que perdura y a la vez es moderno. Para muestra la campaña Louis Vuitton y Madonna, d seductora a rabiar sobre una de ellas.
*Publicado en La Revista 2/04/2015
Diseño: Thonet nº 14
Autor: Michael Thonet
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| J. Reynolds haciendo equilibrios sobre una silla Thonet nº 14 en la Novena Avenida de Nueva York, en los años 30. |
Thonet, un constructor de muebles e industrial, pionero del diseño en curvado ( en 1841 obtuvo una primera patente para el doblado en caliente de la madera) a partir de moldes, baños de vapor y prensas de bronce, en los que sometía la madera de haya de manera para obtener una estructura homogénea y seriada; una vez completada la fase de enfriamiento y retirados los moldes, la madera se presentaba lista en las distintas piezas correspondientes al modelo, de las que tan sólo quedaba un sencillo proceso de ensamblaje. Eran seis piezas en madera y otras seis metálicas, que facilitaban el transporte. En la imagen promocional de la época se puede ver un mecano de piezas sueltas a construir dentro de un habitáculo cuadrado. En un metro cuadrado encajaban a la perfección 36 sillas dispuestas a montar en destino. En 1859 Thonet, un innovador y creativo hijo de carpintero se estaba adelantando 100 años al hoy reconocido modelo Ikea, abaratando con su invento los costes de producción y el transporte de sus sillas que después serían montadas sin complicaciones en destino sin tener que recurrir a profesionales.
| Madonna y Louis Vuitton, por Steven Meisel. |
*Publicado en La Revista 2/04/2015
26 mar 2015
Y #Dylan se hizo rockero #Iconos
Iconos
Foto: “Bringing All Back Home”, de Bob Dylan.
Autor: Daniel Kramer, 1965.
Era su quinto disco, “Bringing It All Back Home”, de 1965. Hace cincuenta años que Bob Dylan sumaría a su inspiración poética el argumento de la electrificación en sus guitarras; nada sería igual. El mundo no cambiaría, claro, al menos tal como aquellos que se reivindicaban a través de sus canciones, pero él se permitió sumar la música folk al espíritu rock, un sacrilegio que se superaría con el tiempo.
“Subterranean Homesick Blues”, la primera canción, es una bomba en forma de rasgueo de guitarra junto a bajo y batería sobre las que transita una voz recitativa en un rap iniciático lleno de musicalidad. Las canciones de Dylan se volverían arrebato, al menos hasta que piezas como “Mr Tambourine Man” se envuelven otra vez en monólogos de guitarra acústica. Nadie había escrito mejores canciones sobre la guerra, el pacifismo, la segregación racial de una generación que buscaba esperanzas. Sus canciones eran himnos, pero él necesitaba otra cosa, como artista que era no se quedaría en la superficie, ni se identificaba ya con aquellos que buscaban en sus letras una respuesta al espíritu del momento, Tampoco era de los que anhelaba la dimensión de un purismo folk, había escuchado a The Beatles, Animals, así que armado con su guitarra y con la Paul Butterfield Band detrás, se enfrentaría a su propio público en el Newport de 1965 que mostraría en forma de pitos su desafección con el maestro; a él le duele, pero su trayectoria no se inmutaría. Dylan huiría poco a poco de un territorio donde se le presumía cómodo, pero no suficiente. El rock ganó trascendencia con un músico intrincado en hacer canciones alejadas de la superficie, su letras se armaban con referencias oníricas, el espíritu de los sueños, al más puro estilo de la generación Beat. Todo aquello era mucho más que un tributo, era algo que estaba inspirando su vida; el folk perdería un activista directo, permeable hacia otras corrientes de mayor digestión, y más en la onda de una cultura de masas; el rock ganaría a un artista que se mostraría como inquebrantable defensor de una música no sólo prescrita para un público juvenil o adolescente. “Bringing It All Back Home”, sería disco de oro, superando el millón de copias vendidas, y Dylan un artista universal en todos los rincones del planeta. De eso, cincuenta años.
*Publicado en La Revista 26/03/2015
Foto: “Bringing All Back Home”, de Bob Dylan.
Autor: Daniel Kramer, 1965.
Era su quinto disco, “Bringing It All Back Home”, de 1965. Hace cincuenta años que Bob Dylan sumaría a su inspiración poética el argumento de la electrificación en sus guitarras; nada sería igual. El mundo no cambiaría, claro, al menos tal como aquellos que se reivindicaban a través de sus canciones, pero él se permitió sumar la música folk al espíritu rock, un sacrilegio que se superaría con el tiempo.
“Subterranean Homesick Blues”, la primera canción, es una bomba en forma de rasgueo de guitarra junto a bajo y batería sobre las que transita una voz recitativa en un rap iniciático lleno de musicalidad. Las canciones de Dylan se volverían arrebato, al menos hasta que piezas como “Mr Tambourine Man” se envuelven otra vez en monólogos de guitarra acústica. Nadie había escrito mejores canciones sobre la guerra, el pacifismo, la segregación racial de una generación que buscaba esperanzas. Sus canciones eran himnos, pero él necesitaba otra cosa, como artista que era no se quedaría en la superficie, ni se identificaba ya con aquellos que buscaban en sus letras una respuesta al espíritu del momento, Tampoco era de los que anhelaba la dimensión de un purismo folk, había escuchado a The Beatles, Animals, así que armado con su guitarra y con la Paul Butterfield Band detrás, se enfrentaría a su propio público en el Newport de 1965 que mostraría en forma de pitos su desafección con el maestro; a él le duele, pero su trayectoria no se inmutaría. Dylan huiría poco a poco de un territorio donde se le presumía cómodo, pero no suficiente. El rock ganó trascendencia con un músico intrincado en hacer canciones alejadas de la superficie, su letras se armaban con referencias oníricas, el espíritu de los sueños, al más puro estilo de la generación Beat. Todo aquello era mucho más que un tributo, era algo que estaba inspirando su vida; el folk perdería un activista directo, permeable hacia otras corrientes de mayor digestión, y más en la onda de una cultura de masas; el rock ganaría a un artista que se mostraría como inquebrantable defensor de una música no sólo prescrita para un público juvenil o adolescente. “Bringing It All Back Home”, sería disco de oro, superando el millón de copias vendidas, y Dylan un artista universal en todos los rincones del planeta. De eso, cincuenta años.
*Publicado en La Revista 26/03/2015
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