1 jun 2017

“Cartas a Milena”, Kafka enamorado #Iconos

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Imagen: Franz Kafka (1906)

El día es tan corto. Transcurre y termina con usted, y fuera de usted sólo hay unas pocas nimiedades. Apenas me queda un rato para escribirle a la verdadera Milena”.
De las cartas de Kafka a Milena, sólo conocemos las del escritor, bello testimonio de un ser enamorado, desde el marco inquebrantable de la enfermedad.
   Franz Kafka (Praga, 1883; Austria, 1924) era un apasionado del arte de la misiva, lo demostró con Felice Bauer, la joven con la que estuvo prometido, cuya relación se rompió en 1917; justo después enferma de tuberculosis.
Franz Kafka (1906).

La periodista y traductora Milena Jesenská (Praga, 1896-Ravensbrück, 1944) fue la única mujer a la que Kafka amó apasionadamente, pero a su manera. Se conocieron en un café de Praga, en presencia de otros escritores entre los que se encontraba Ernst Pollak, su marido. Ella lo admira, le hace sentirse divino, le pide ser su traductora al checo. El matrimonio de Milena no va y además la humilla; aún así resiste. La afamada correspondencia tendrá lugar entre 1920 y 1922, al principio promete.
   Tratando de aminorar la enfermedad el escritor está recluido en un balneario, en Merano. Ella le pide que vaya a verla a Viena, una petición que al autor de Metamorfosis le hace revivir los miedos del pasado. “Estamos jugando a un juego infantil, yo me arrastro por la sombra, de un árbol a otro, estoy en pleno camino, usted me llama, me señala los caminos, quiere darme ánimos”. Kafka se llena de miedos, miedo al fracaso, inseguridad al sexo, a la enfermedad que lo carcome. Se ven en Viena, pero la cosa no prospera, no así la línea espistolar que adquiere muchos enteros. Ella no está dispuesta a dejar a un marido que la engaña. Un Kafka enamorado se adhiere a la plática lastimera del desconsuelo, se ha de conformar con las cartas. “Es tan lindo haber recibido tu carta y tener que responderla con este cerebro insomne”. Tal vez, en la escritura noctámbula, sea el lugar donde encuentra mejor acomodo. Un amor así, distante, platónico, sincero. “El día es tan corto. Transcurre y termina con usted, fuera tan sólo hay unas pocas nimiedades”, escribe. Así, hasta la muerte. Ella, como periodista, escribe un bello obituario, y se separa de su marido. “Tímido, retraído, suave, amable, visionario, demasiado sabio para vivir, demasiado débil para luchar”.

*Publicado en La Revista 1/06/2017

11 may 2017

Mujeres y soledad, en Cesare Pavese

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Imagen: Cesare Pavese y Constance Dowling (1950)

Lo de Cesare Pavese ( Santo Stefano Belbo,1908- Turín, 1950) con el sexo femenino asemeja infortunio. No tuvo mujer, pero hubo  mujeres en su vida, empezando por su madre, mujer autoritaria y dominante, a la que odiaba tanto como la quería.
  Era un ser extraño, contradictorio. Amaba a las mujeres, y las aborrecía, algunos de sus textos rezuman misoginia, “Todos encontramos una puta en el transcurso de nuestra vida, y son poquísimos los que encuentran una mujer y les sea honesta”, escribe en su imponente ejercicio “Oficio de vivir”, donde asume que “la vida es un oficio, es decir, un trabajo”.

Constance Dowling y Cesare Pavese.

Sus encuentros con el sexo opuesto fueron puro desatino. Desde su adolescencia, cupido siempre le dejó las flechas a sus pies, sin ser correspondido; su disfunción sexual tampoco ayudó demasiado. En los años treinta se enamora de Tina, “la mujer de la voz ronca”, estudiante de matemáticas y amante de un activista encerrado entre rejas del Partido Comunista en tiempos de Musolini, Altiero Spinelli. Pavese acepta que su casa sea destino de las misivas del activista. La policía encuentra las cartas y él acaba en prisión primero, y luego en el exilio. Desde la cárcel escribe en su diario, “Mi historia con ella no está hecha de grandes escenas... Es atroz este sufrimiento”. Pavese imagina amoríos, intercede pensando sacar algún rédito, y sufre por ellos. Así hasta la muerte, guiado por ese enamoramiento nunca correspondido. Al salir de la cárcel busca a su amada Tina, en Turín descubre que ésta se ha casado con otro. Suma razones en su fervor misógino.
   Pavese es un entomólogo de sí mismo, lo demuestra en “Oficio de vivir”, un ejercicio de escritor impenitente, donde a modo de desfogue escruta su vida, en segunda persona, recriminándose por lo que le sucede o por lo que hubiera de sucederle a condición de haber actuado de otra manera.
   “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos... serán una vana palabra, un grito acallado, un silencio”, reza el poema -1950- a su último amor, Constance Dowling, la actriz, también le abandona. La habitación 346 del Albergo Roma se llena así de desesperanza. Por su imaginación desfilan todas sus mujeres desnudas, las odia. Se va sin el fragor de la piel de una mujer que le sirviera de goce. Era el 27 de agosto de 1950, dos tubos de tranquilizantes le ayudarán a despedirse de su soledad.

* Publicado en La Revista 11/05/2017

3 may 2017

Eskorbuto, una “Historia triste” #Iconos

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Imagen: Eskorbuto, por Juantxu Rodríguez, 1984.

En los 80 Bilbao era una pátina negruzca de mimbres de acero. El horizonte se escrechaba con el sol de fondo en el ocaso, mientras, en las barricadas los obreros de Euskalduna resistían para no morir. En aquel escenario de reconversiones el punk se aferraba a la vida de los jóvenes que entonaban la melodía para sucumbir al miedo. Si los ingleses empleaban el “No Future”, desde Santurce, un trio de nihilistas sin comparanza se esforzaban por vociferar su rabia “Anti Todo” como mejor síntesis de vida.
   Eskorbuto, Juanma Suárez, Iosu Expósito, Pako Galán, eran hijos de la emigración -gallega- que desde la mugre de cemento de los altos Hornos oteaban la otra orilla del Nervión y se aferraban así al destino. Eskorbuto, junto con Rip o Cicratiz formaron parte de una entente nihilista y acelerada, con la marejada de fondo de las drogas que les ayudó a resistir a las tres bandas hasta quedar después como restos de un barco varado en la orilla. De todos ellos, Eskorbuto fue el más imprevisible, el más punk, y así lo interpretaron, sin otro meandro que su propia vida.


Conscientes de que el punk era desafío y provocación, sus letras no eran inferiores a su estética de ultratumba, de pelos en punta, imperdibles y guitarras aceleradas. Si en Marshall McLuhan el medio es el mensaje, ellos lo serían todo a través de su piel. El nombre de la banda les venía al pelo, Eskorbuto, por su propio aspecto de cuerpos enfermos; los chicos vomitaban y escupían con la rabia de quienes sostienen un endeble porvenir entre los dientes. La crudeza de los ochenta no tenía parangón, el desafío vital gestado por sus progenitores se fundía como el metal incandescente y para siempre, pero ellos estaban para entonar la desolación.
   Mientras, en las fiestas de Bilbao, se apropiaban de sus lemas más populares, “Mucha policía, poca diversión”, a ellos, en Madrid, -4 de agosto de 1983- les detienen y les aplican la Ley Antiterrorista al supervisar el contenido de las canciones en forma de maqueta. Desde las Gestoras Proanmistía les ningunean sustento y eso, a la banda, lejos de amedrentarlos les da combustible. “A la mierda el País Vasco”, “Anti Todo”, Eskorbuto lo serían hasta el final. Su discografía no tiene desperdicio, sus vidas tampoco: sociología del desamparo. Juanma y Iosu murieron en 1992, sus restos reposan. por supuesto, en Santurce, y con mucha vida, de la otra.

*Publicado en La Revista 3/05/2017

30 mar 2017

Louis Aragon y Elsa Triolet, esos ojos #Iconos #Larevista

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Imagen: Elsa Triolet y Louis Aragon
Autor: Raoul Saguet, 1960.


Y sucedió que el mundo bajo la tarde excelsa/ rompiéndose en arrecifes de pérfidos fanales/ en tanto yo veía desde los litorales/ sobre lívidas ondas brillar los ojos de Elsa.”
   Elsa Triolet (Moscú, 1896- Saint-Arnoult-en-Yvelines, 1970) y Louis Aragon (París, 1897-1982) se conocieron en París, en el café “La Coupole”, lugar de artistas y escritores. Ella, mujer cosmopolita, hija de familia judía de posibles, amiga del poeta Mayakovski, en París desde 1919, unida en fallido matrimonio a André Triolet; él, con su secreto bajo el brazo, el de ser hijo no reconocido de un diplomático, Louis Andrieux, que le otorga el sobrenombre de Aragón, por haber sido ese uno de los destinos y no ofender así en demasía a la familia. Aragon es un ejemplo de la Francia del momento, precursor del surrealismo, hasta que muda la escritura automática por la visceralidad, el mensaje resistente ante la Francia ocupada.
   Se casan en 1939, después de “Buenas noches, Teresa”(1938), la primera novela en francés de Triolet; él andaba ya en una suerte de realismo de denuncia, “Los bellos barrios”, “Los viajeros de la Imperial”. Ella gana el Concourt (1944), por una serie de relatos, “El primer enganche cuesta doscientos francos”, sobre el desembarco aliado.
                                        Raoul Saguet, 1960.

   A él la guerra y la ocupación lo hacen volver a la poesía, a un lirismo apasionado hacia Elsa y hacia su país; poemas populares, por su simpleza y fácil adaptación al canto. “Los Ojos de Elsa” (1942) tienen guiños surrealistas, pero sobre todo un alarde de personaje enamorado, en un decir marcado por la emoción del verso, que cobra forma de himno y alegato patriótico aunque sin perder el misterio ni el enigma que contienen, nada que ver con “La Diana Francesa” (1945), donde el amor de resistente es un patriotismo que sin ofender resta credibilidad al mensaje.

Y es que ambos, además, se aferraron al comunismo militante, razón que les haría viajar más tarde al entonces bloque socialista y alejarse de la crítica, incluso cuando el general Vitaly Primakov, marido de su hermana Lilia Brik, es ejecutado. Pero volviendo al poemario, que no sería el único a su amada, entre otros “Loco por Elsa” (1963), ella sería siempre su musa, en un camino cargado de bondad y belleza, pero sin renunciar al oficio, al poema como si fuera un artefacto, que debe decir y arrasar, “Yo calciné mis dedos en su fuego prohibido”. Pues eso.

*Publicado en La Revista 30/03/2017

19 ene 2017

Gerda Taro. la sombra de Capa #Iconos

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Imagen: Madre e hijo, en la Guerra Civil (1937).
Autor: Gerda Taro.

Gerda Taro


Más atractiva que guapa, decían, una belleza cargada de elegancia. Gerda Taro (Gerta Pohorylle), había nacido en 1910 en Stuttgart. Huyendo del nazismo y la sinrazón llega a París, en 1933. allí se integra entre refugiados y sobrevive ejecutando varios trabajos. Le ayuda un determinante espíritu antifascita.
   En 1934 conoce a un joven  húngaro, André Friedmann -Robert Capa- judío como ella y tres años menor; ambos se enrolan en una aventura vital y sentimental. Los veinte años y la ambición por conquistarlo todo hacen el resto; la fotografía les servirá de salvoconducto. Él le enseña el oficio, ella desempeña tareas organizativas, todo un auténtico manager, al tiempo que se incorpora también a Alliance Photo.
   1936, un periodo corto pero definitivo en su carrera. Estalla la Guerra Civil en España. Los primeros reportajes los realizan juntos, incluso firman de la misma manera, “Capa”, nada extraño, ella había sido la ideóloga del sobrenombre. Hay una diferencia estética, compositiva, mientras él trabaja con una Leica de 35mm ella lo hace en formato cuadrado de una Rolleiflex; fácil de distinguir.
Los primeros meses en el frente siguen juntos, la llegada de los falangistas a Málaga; las calles de Barcelona; el frente de Aragón; las dificultades de la población civil en la zona de Córdoba; el cerco de Madrid y la batalla de Guadalajara. El 26 de abril los fascistas bombardean Gernika y Capa se traslada a Bilbao. Mientras, ella cubre el Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, en Madrid, para entonces ya gasta amistad con .
   Su oportunidad le llegará en julio de ese mismo año, tiene la oportunidad en exclusiva de cubrir la victoria de los republicanos, y el final. Firmará en solitario como “Taro”, y sus fotografías serán publicadas en “Regards”, dejando para la posteridad el marchamo de su buen hacer. Sus fotos muestran la proximidad que reivindicaba Capa, también sus riesgos. En Brunete, en la huida del ataque de las tropas franquistas, encaramada a un vehículo de milicianos heridos, un tanque republicano que también buscaba mejor acomodo ante el acoso de la aviación, golpea el coche, tirando a Gerda y pasando sus cadenas por encima. Trasladada a un hospital en el Escorial, fallece el 26 de julio. En breve hubiera cumplido 27 años.

*Publicado en La Revista 18/01/2017

5 ene 2017

Sylvia Plath, alma de tormento #Iconos

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Imagen: Sylvia Plath, para LIFE.

Sylvia Plath, LIFE


En 1981 los “Poemas reunidos de Sylvia Plath” editados por Ted Hughes, quien años atrás fuera su marido y su tormento, obtienen un premio Pulitzer a título póstumo.
   Sylvia Plath (Boston, 1932- Londres, 1963) poetisa en la denominada corriente confesional -junto a Anne Sexton- había sido una persona atormentada y perfeccionista en lo poético. A los 19 años coquetea por primera vez con el suicidio, una ingesta de tranquilizantes tan sólo consiguen que pierda el conocimiento. Los electroshocks y una terapia adecuada la hacen regresar despué a la normalidad. Lo cuenta en “La campana de cristal¨, novela autobiográfica, con Esther Greenwood, su alter ego, de protagonista; allí los fantasmas de la depresión, la inestabilidad emocional, pululan en un cuerpo de escritura de corte poético.
   La escritura de diarios, la poesía narrativa es puro ejercicio de oficio; también lo vivencial, a su padre, un profesor universitario de origen alemán, muerto en plena juventud, causante en parte también de su enfermedad, le dedica “Daddy”, un personaje caracterizado de antisemita y ario.
   Estudiante brillante. Una beca Fulbright la lleva hasta Cambridge, donde Ted era profesor y solvente poeta, allí se conocen. Se casan en 1956. De 1957 a 1959, la pareja se traslada a los Estados Unidos, al Smith College, donde Plath dio clases. Allí también descubre a su marido flirteando con una joven estudiante; la infidelidad, otra constante. Una vez queda embarazada la pareja regresa al Reino Unido. Tienen dos hijos, Nicholas y Frieda, y un aborto, sus poemas hacen referencia al hecho. La pareja se separa, entre otras causas, por la aventura amorosa de Ted con una poetisa, años después también suicida, Assia Wevill.
   Casi sobra decir que el 11 de febrero de 1963, con el desayuno de sus hijos en la mesa, Sylvia, abrió la espita del gas e introdujo la cabeza en el horno. Desde entonces Ted se hizo cargo de sus poemarios, de sus escritos y de su conciencia, que de vez en cuando le administraba relámpagos. Muchos de aquellos escritos fueron destruidos, para no dañar a sus hijos, dijo. Aunque casado, y con infinidad de amantes, poco antes de morir Ted publica “Cartas de cumpleaños”, un poemario dirigido a Sylvia, donde desvelaba aquellas tristes horas que rodearon la muerte de la poetisa. Sobra decir también que nunca respiró tranquilo.

* Publicado en La Revista 5/01/2017

22 dic 2016

Pepe Espaliú, un artista en la topera #Iconos

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Imagen: Pepe Espaliú, "Carrying"

 Escultor en la topera, se decía. “Nosotros los homosexuales, hemos sido obligados a inventarnos un mundo paralelo, construido a partir de nuestro nodo peculiar de entender sus leyes, sus instituciones, sus creencias y su forma de concebir el amor”. Escribía el artista cordobés Pepe Espaliú (1955-1993) en el diario "El País", diciembre del 92, en un artículo que estremece bajo el título de “Retrato del artista desahuciado”.
Pepe Espaliú, en  “Carrying”

 Años de plomo -los 80- para la homosexualidad, la enfermedad del Sida estigmatizó a un colectivo diezmado a golpe de maleficio. Pepe Espaliú fue un artista sensible, de familia de orfebres, letra herido aferrado a la poética y a la pintura primero, a la escultura y al arte performativo al final, cuando ya se sabía rehén del maligno, que ligaba su porvenir a una muerte próxima. El sida lo precipitó a un pozo, y la homosexualidad -entonces tan vilipendiada- a una “Topera laberíntica” que con el tiempo retomaría para sí en causa de resistencia. Artista polifacético y cosmopolita, de buena familia, algo que como todos sabemos, no fue ni es salvoconducto para la liberación de un mal que causó tanto daño. Entre 1986, hasta el final de sus días, evoluciona su arte entre París, Nueva York, Venecia y Amsterdam, adquiriendo matices y transcendencia internacional. A la altura de Juan Muñoz, su amigo.

 Sus primeras pinturas reflejaban mundos inquietos, cuasi mágicos, propios de un reino de juventud aferrado a los sueños. Los dibujos siempre estuvieron alineados a una sencillez formal, casi como sus esculturas de los últimos tiempos, de corte conceptual, sintetizadas al máximo en un minimalismo deseoso de gritar de intención. Sus afamadas jaulas, o su catálogo de muletas que clamaban ayuda. Tiempos duros, sin duda. En 1991, el sida lo abrazo.
 El primer “Carrying” fue en Donosti, en 1991. Ese día llovía y todo era desapacible. El artista estaba ligado a Arteleku, una institución de mucha vida. Él programa una performance filmada que requiere porteadores que lo eleven, “nunca me he sentido más cerca de Dios”, dijo. Algunos porteadores se repetían; meses después, en Madrid, sobraban. Aquella segunda vez, entre las Cortes y el Reina Sofía, aún sigue en nuestras retinas. 
*Publicado en La Revista 22/12/2016

8 dic 2016

El último jardín de #David Hamilton #Iconos

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       Imagen: David Hamilton.


    Está muerto. David Hamilton (Londres, 1933-París, 2016) se ha suicidado, dicen. Múltiples conciencias han atribuido causa efecto. La revelación de la presentadora francesa Flavie Flament, en su novela autobiográfica “Consolation”, aunque sin citarlo expresamente, de haber sido violada. No ha hecho falta más anuncio, ni incidir en el “respeto a la presunción de inocencia”, reclamado por el artista.
   Otros tiempos, finales de los 60, principios de los 70. Hamilton se convertiría en un fotógrafo fetiche que crearía escuela, y legión de seguidores. El británico afincado en Francia desde los 20 años se inició como escaparatista y después director artístico de Elle, antes de afrontar una brillante carrera en solitario. Reclutaba féminas impúberes de las manos de sus padres que acudían a su casa estudio de Ramatuelle, en Saint-Tropez, buscando una progresión, a sabiendas que los contenidos de Hamilton, no eran inocuos, ni siquiera recomendables. El inglés era -ya entonces- un pornógrafo con la sofisticación técnica de quien sabe experimentar con la imagen y adentrarse en territorios de la mente humana, mayormente masculina en este caso. Una de aquellas madres anestesiadas por el éxito fulgurante, la carrera brillante y el dinero fácil, era la de Flavie Flament, quien no comparte la versión de la supuesta violación de su hija.
   El universo de Hamilton en los ochenta era sugerente y atractivo, y de gran éxito comercial por todo aquel ejercicio de representación a través de adolescentes, rubias y de procedencia nórdica. Luces difuminadas, ambientes íntimos, mujeres con sedas vaporosas correteando por el jardín de la casa. Fotos cargadas de deseo en la mente de su ejecutor, en la pléyade de consumidores que se lanzaban al quiosco cada vez que lanzaba un título, “Rêves de jeunes filles”, 1971; “Les demoiselles d`Hamilton”, 1972; “Le danse”, 1972... Películas, vídeos, el universo Hamilton entraba en todas las casas, y televisiones. ¿Qué ha cambiado de todo ellos? ¿Qué nos hace ruborizarnos ante relamida sexualidad púber? Respuesta, los tiempos.
   David Hamilton imitaba a Degas, y a otros impresionistas. En el arte no hay santos, Gauguin era un pederasta, hoy de los más cotizados. Pasolini, Fellini, Bertolucci, tan criticado últimamente. El camino que separa el arte de la vida es espinoso. Y uno no es juez.

*Publicado en La Revista 8/12/2016

24 nov 2016

Djuna Barnes, amor por la noche #Iconos

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Imagen: Djuna Barnes, en los años veinte.


Djuna Barnes
 Doctor, he venido a pedirle si puede contarme todo cuanto sepa de la noche”, le inquiere Nora Flood al doctor O´Connor, en “El bosque de la noche” (1936).
   En la novela, Nora es el personaje de la propia escritora, Djuna Barnes (Nueva York, 1892-1982), quien en 1921 llega a París como reportera de Mc´Calls, para entrevistar a personajes famosos, allí entabló amistad con Ezra Pound, James Joyce, Gertrude Stein, Natalie Barney, Peggy Guggenheim, Kay Boyle o Eugenio Montale. De los años 20 al 33 pasaron muchas cosas alrededor de la vida noctámbula de la ciudad, que ella, la escritora, una escritora atípica que se formó en casa porque sus progenitores (más tarde separados) recelaban del sistema público de enseñanza; vivió y bebió hasta el disparate. También se enamoró con la locura necesaria para mantener una relación con otra mujer mucho más joven, la escultora Thelma Wood, en la veintena cuando Djuna andaba por los treinta. Una relación que duró ocho años con altibajos en los que Thelma tuvo otros amores, el más reconocido el de la fotógrafa Berenice Abbot, cuyas infidelidades la hicieron sufrir en demasía, y a modo de venganza, les otorgaría un protagonismo y una descripción sicológica de los personajes sin demasiada piedad.
  Fueron años duros para Djuna Barnes, alcoholizada y depresiva, con varios intentos de suicidio y la posterior asistencia de una mecenas ejemplar como Peggy Guggenheim, quien la liberaría de París, y durante muchos años la asistiría económicamente. Con una mala salud constante, Djuna alcanzaría los noventa años.
   El doctor O´Connor, que representa a Dan Mahoney, es un irlandés, fantasioso y delirante, que se dice Dante y se disfraza de mujer con tirabuzones y camisón, y reside en una especie de escenario nauseabundo y cutre que tiene por piso. Hasta allí el encuentro, por error, pues éste esperaba a otra persona. Y allí la gran lección. “Hace ya mucho tiempo que la noche es noche”, que encierra lecciones de vida, “No somos más que piel al viento, con músculos tensos contra la mortalidad”, también de manifestaciones noctámbulas, “¿Era de noche cuando Sodoma se convirtió en Gomorra? ¡Era de noche, lo juro!”, porque la noche es necesaria, incluso cuando arde Roma. “El incendio lo pones en pleno mediodía y pierde algo de su significado”. Así es, Djuna, así, es.

* Publicado en La Revista 23/11/2016

10 oct 2016

Coleccionistas

  Se llama Dalmacio Fernández, palentino de Saldaña, y leo en la web que atesora 1.872 cachavas de madera labradas a mano. “La mayor colección de cachavas del del mundo” reza el titular, como si hubiera alguien a la zaga. Y todo ello con la certificación del Récord Guinness, que da fe de todas estas cosas. 
El ser humano para bien de la humanidad es capaz de superar logros de lo cuales nos beneficiamos todos, también de atiborrarse de inutilidades y coleccionarlas. El coleccionismo está lleno de tipos singulares, capaces de pelear lo indecible ese objeto que no posee. Todos hemos coleccionado cosas de manera apasionada, hasta que un día cayeron en el olvido. Internet es a la gilipollez humana lo que que la cuadratura del círculo a la geometría. Puestos a buscar estupideces semejantes a las de la cachava del palentino uno las encuentra mayores, como la de un australiano, Graham Barker -aparece también con foto- que lleva recogiendo pelusilla de su ombligo desde el año 84. Ahora la tiene depositada en tres botes y va por la nada desdeñable cantidad de 22 gramos de inmundicia. Ver para creer. 
  Coleccionistas de juguetes, de sellos, de dedales, de sombreros, de chapas de refrescos, de coches. El mundo está lleno de entusiastas capaces de dejarse la piel por coleccionar cosas. También es cierto que entre todas esas colecciones las hay tan interesantes, porque responden a criterios históricos, artísticos, de los que después nos beneficiamos todos. pienso en Peggy Guggenheim, que al margen de atesorar amantes y maridos, como era lista y tenía posibles se hizo con una pinacoteca maravillosa que hoy por suerte celebramos todos. O en nuestras latitudes, el caso de Olimpio Liste, o Florencio de Arboiro, quienes nos han permitido conocer la historia de nuestro país desde una visión etnográfica. 
  Aunque para coleccionismo con mayúsculas un nombre. Amancio Ortega, quien harto de acumular pasta se entrega para sí el Monopoly completito. Con un par. 



24 ago 2016

Alejandra Pizarnik, la #Maga que pudo ser

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Imagen: Alejandra Pizarnik.



A Alejandra Pizarnik (Avellaneda, 1936-Buenos Aires, 1972) el vacío y la muerte le atormentaba en cada esquina. Desde niña se miraba en el espejo como se miran las niñas. Allí encontraba su mirada triste y melancólica cargada de complejos. “Esta lúgubre manía de vivir/ esta recóndita humorada de vivir/ te arrastra Alejandra no lo niegues”. Su padre consciente del malestar de su hija se aferra también al poder sanador de la poesía oscura y simbolista de su vástaga; él le financia su primera obra, “La última inocencia” (1956), con todos los mimbres hilvanados ya de silencio y tormento.
   La familia la protege del desánimo. Ella escribe y escribe, a la par que se encierra en su prisión de ecos, de comparanzas con otros abismos, Rimbaud, Mallarmé, “Te remuerden los días/ te culpan las noches/ te duele la vida tanto tanto/ desesperada, ¿adónde vas?/ desesperada ¡nada más!. El espejo se consume de tristeza, ella se vuelve mucho más agitada, entre 'Gitanes' perfumados al viento y anfetaminas que resquebrajan la consciencia y la calma.
Por suerte la literatura crece, tanto que supera la propia angustia vital de esta mujer menuda, de corte de pelo a lo garçon y una suerte de nariz ancha que aplana su rostro dulce sin demasiados acentos femeninos.
   Durante años se aferra a un estado de ánimo que fluctúa, pulsando la estación del vacío como si de una columna vertebral se tratara. La mente se estrecha pero no le impide la escritura, todo lo contrario. Antes de aventurarse hacia París (1960), publica “Las aventuras perdidas”. París no es una fiesta, es un refugio de cuatro años donde medra y resiste, traduce a Artaud y a Bonnefoy y se deja seducir por el surrealismo de Breton y Nadja. Contacta con Cortázar que está terminando Rayuela. Se vuelven confidentes, casi amantes, un amor que no tiene límites ni tampoco goce. Ella se dice La Maga, se mira en el espejo y se cree ella. Cortázar no lo niega, al menos a ella. En 1964 regresa a Buenos Aires, sin otra red que su locura y escribe: Julio, fui tan abajo. Pero no hay fondo... No lo había. Las misivas de Cortázar insisten en la vida, ella se refugia en sí misma y escribe sus mejores poemarios de lo oscuro. En el psiquiátrico de la muerte le piden que abandone la escritura, ella percibe la locura. Desesperada, 50 pastillas de Seconal la liberan para siempre. Tenía 36 años,
* Publicado en La Revista 24/08/2016

Envolturas de silencio

E l invierno envuelve cada rama entrelazadas entre sí por el frío y la niebla que lo atrapa todo en un escenario de aventura. Todo es ...