19 ene 2017

Gerda Taro. la sombra de Capa #Iconos

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Imagen: Madre e hijo, en la Guerra Civil (1937).
Autor: Gerda Taro.

Gerda Taro


Más atractiva que guapa, decían, una belleza cargada de elegancia. Gerda Taro (Gerta Pohorylle), había nacido en 1910 en Stuttgart. Huyendo del nazismo y la sinrazón llega a París, en 1933. allí se integra entre refugiados y sobrevive ejecutando varios trabajos. Le ayuda un determinante espíritu antifascita.
   En 1934 conoce a un joven  húngaro, André Friedmann -Robert Capa- judío como ella y tres años menor; ambos se enrolan en una aventura vital y sentimental. Los veinte años y la ambición por conquistarlo todo hacen el resto; la fotografía les servirá de salvoconducto. Él le enseña el oficio, ella desempeña tareas organizativas, todo un auténtico manager, al tiempo que se incorpora también a Alliance Photo.
   1936, un periodo corto pero definitivo en su carrera. Estalla la Guerra Civil en España. Los primeros reportajes los realizan juntos, incluso firman de la misma manera, “Capa”, nada extraño, ella había sido la ideóloga del sobrenombre. Hay una diferencia estética, compositiva, mientras él trabaja con una Leica de 35mm ella lo hace en formato cuadrado de una Rolleiflex; fácil de distinguir.
Los primeros meses en el frente siguen juntos, la llegada de los falangistas a Málaga; las calles de Barcelona; el frente de Aragón; las dificultades de la población civil en la zona de Córdoba; el cerco de Madrid y la batalla de Guadalajara. El 26 de abril los fascistas bombardean Gernika y Capa se traslada a Bilbao. Mientras, ella cubre el Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, en Madrid, para entonces ya gasta amistad con .
   Su oportunidad le llegará en julio de ese mismo año, tiene la oportunidad en exclusiva de cubrir la victoria de los republicanos, y el final. Firmará en solitario como “Taro”, y sus fotografías serán publicadas en “Regards”, dejando para la posteridad el marchamo de su buen hacer. Sus fotos muestran la proximidad que reivindicaba Capa, también sus riesgos. En Brunete, en la huida del ataque de las tropas franquistas, encaramada a un vehículo de milicianos heridos, un tanque republicano que también buscaba mejor acomodo ante el acoso de la aviación, golpea el coche, tirando a Gerda y pasando sus cadenas por encima. Trasladada a un hospital en el Escorial, fallece el 26 de julio. En breve hubiera cumplido 27 años.

*Publicado en La Revista 18/01/2017

5 ene 2017

Sylvia Plath, alma de tormento #Iconos

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Imagen: Sylvia Plath, para LIFE.

Sylvia Plath, LIFE


En 1981 los “Poemas reunidos de Sylvia Plath” editados por Ted Hughes, quien años atrás fuera su marido y su tormento, obtienen un premio Pulitzer a título póstumo.
   Sylvia Plath (Boston, 1932- Londres, 1963) poetisa en la denominada corriente confesional -junto a Anne Sexton- había sido una persona atormentada y perfeccionista en lo poético. A los 19 años coquetea por primera vez con el suicidio, una ingesta de tranquilizantes tan sólo consiguen que pierda el conocimiento. Los electroshocks y una terapia adecuada la hacen regresar despué a la normalidad. Lo cuenta en “La campana de cristal¨, novela autobiográfica, con Esther Greenwood, su alter ego, de protagonista; allí los fantasmas de la depresión, la inestabilidad emocional, pululan en un cuerpo de escritura de corte poético.
   La escritura de diarios, la poesía narrativa es puro ejercicio de oficio; también lo vivencial, a su padre, un profesor universitario de origen alemán, muerto en plena juventud, causante en parte también de su enfermedad, le dedica “Daddy”, un personaje caracterizado de antisemita y ario.
   Estudiante brillante. Una beca Fulbright la lleva hasta Cambridge, donde Ted era profesor y solvente poeta, allí se conocen. Se casan en 1956. De 1957 a 1959, la pareja se traslada a los Estados Unidos, al Smith College, donde Plath dio clases. Allí también descubre a su marido flirteando con una joven estudiante; la infidelidad, otra constante. Una vez queda embarazada la pareja regresa al Reino Unido. Tienen dos hijos, Nicholas y Frieda, y un aborto, sus poemas hacen referencia al hecho. La pareja se separa, entre otras causas, por la aventura amorosa de Ted con una poetisa, años después también suicida, Assia Wevill.
   Casi sobra decir que el 11 de febrero de 1963, con el desayuno de sus hijos en la mesa, Sylvia, abrió la espita del gas e introdujo la cabeza en el horno. Desde entonces Ted se hizo cargo de sus poemarios, de sus escritos y de su conciencia, que de vez en cuando le administraba relámpagos. Muchos de aquellos escritos fueron destruidos, para no dañar a sus hijos, dijo. Aunque casado, y con infinidad de amantes, poco antes de morir Ted publica “Cartas de cumpleaños”, un poemario dirigido a Sylvia, donde desvelaba aquellas tristes horas que rodearon la muerte de la poetisa. Sobra decir también que nunca respiró tranquilo.

* Publicado en La Revista 5/01/2017

22 dic 2016

Pepe Espaliú, un artista en la topera #Iconos

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Imagen: Pepe Espaliú, "Carrying"

 Escultor en la topera, se decía. “Nosotros los homosexuales, hemos sido obligados a inventarnos un mundo paralelo, construido a partir de nuestro nodo peculiar de entender sus leyes, sus instituciones, sus creencias y su forma de concebir el amor”. Escribía el artista cordobés Pepe Espaliú (1955-1993) en el diario "El País", diciembre del 92, en un artículo que estremece bajo el título de “Retrato del artista desahuciado”.
Pepe Espaliú, en  “Carrying”

 Años de plomo -los 80- para la homosexualidad, la enfermedad del Sida estigmatizó a un colectivo diezmado a golpe de maleficio. Pepe Espaliú fue un artista sensible, de familia de orfebres, letra herido aferrado a la poética y a la pintura primero, a la escultura y al arte performativo al final, cuando ya se sabía rehén del maligno, que ligaba su porvenir a una muerte próxima. El sida lo precipitó a un pozo, y la homosexualidad -entonces tan vilipendiada- a una “Topera laberíntica” que con el tiempo retomaría para sí en causa de resistencia. Artista polifacético y cosmopolita, de buena familia, algo que como todos sabemos, no fue ni es salvoconducto para la liberación de un mal que causó tanto daño. Entre 1986, hasta el final de sus días, evoluciona su arte entre París, Nueva York, Venecia y Amsterdam, adquiriendo matices y transcendencia internacional. A la altura de Juan Muñoz, su amigo.

 Sus primeras pinturas reflejaban mundos inquietos, cuasi mágicos, propios de un reino de juventud aferrado a los sueños. Los dibujos siempre estuvieron alineados a una sencillez formal, casi como sus esculturas de los últimos tiempos, de corte conceptual, sintetizadas al máximo en un minimalismo deseoso de gritar de intención. Sus afamadas jaulas, o su catálogo de muletas que clamaban ayuda. Tiempos duros, sin duda. En 1991, el sida lo abrazo.
 El primer “Carrying” fue en Donosti, en 1991. Ese día llovía y todo era desapacible. El artista estaba ligado a Arteleku, una institución de mucha vida. Él programa una performance filmada que requiere porteadores que lo eleven, “nunca me he sentido más cerca de Dios”, dijo. Algunos porteadores se repetían; meses después, en Madrid, sobraban. Aquella segunda vez, entre las Cortes y el Reina Sofía, aún sigue en nuestras retinas. 
*Publicado en La Revista 22/12/2016

8 dic 2016

El último jardín de #David Hamilton #Iconos

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       Imagen: David Hamilton.


    Está muerto. David Hamilton (Londres, 1933-París, 2016) se ha suicidado, dicen. Múltiples conciencias han atribuido causa efecto. La revelación de la presentadora francesa Flavie Flament, en su novela autobiográfica “Consolation”, aunque sin citarlo expresamente, de haber sido violada. No ha hecho falta más anuncio, ni incidir en el “respeto a la presunción de inocencia”, reclamado por el artista.
   Otros tiempos, finales de los 60, principios de los 70. Hamilton se convertiría en un fotógrafo fetiche que crearía escuela, y legión de seguidores. El británico afincado en Francia desde los 20 años se inició como escaparatista y después director artístico de Elle, antes de afrontar una brillante carrera en solitario. Reclutaba féminas impúberes de las manos de sus padres que acudían a su casa estudio de Ramatuelle, en Saint-Tropez, buscando una progresión, a sabiendas que los contenidos de Hamilton, no eran inocuos, ni siquiera recomendables. El inglés era -ya entonces- un pornógrafo con la sofisticación técnica de quien sabe experimentar con la imagen y adentrarse en territorios de la mente humana, mayormente masculina en este caso. Una de aquellas madres anestesiadas por el éxito fulgurante, la carrera brillante y el dinero fácil, era la de Flavie Flament, quien no comparte la versión de la supuesta violación de su hija.
   El universo de Hamilton en los ochenta era sugerente y atractivo, y de gran éxito comercial por todo aquel ejercicio de representación a través de adolescentes, rubias y de procedencia nórdica. Luces difuminadas, ambientes íntimos, mujeres con sedas vaporosas correteando por el jardín de la casa. Fotos cargadas de deseo en la mente de su ejecutor, en la pléyade de consumidores que se lanzaban al quiosco cada vez que lanzaba un título, “Rêves de jeunes filles”, 1971; “Les demoiselles d`Hamilton”, 1972; “Le danse”, 1972... Películas, vídeos, el universo Hamilton entraba en todas las casas, y televisiones. ¿Qué ha cambiado de todo ellos? ¿Qué nos hace ruborizarnos ante relamida sexualidad púber? Respuesta, los tiempos.
   David Hamilton imitaba a Degas, y a otros impresionistas. En el arte no hay santos, Gauguin era un pederasta, hoy de los más cotizados. Pasolini, Fellini, Bertolucci, tan criticado últimamente. El camino que separa el arte de la vida es espinoso. Y uno no es juez.

*Publicado en La Revista 8/12/2016

24 nov 2016

Djuna Barnes, amor por la noche #Iconos

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Imagen: Djuna Barnes, en los años veinte.


Djuna Barnes
 Doctor, he venido a pedirle si puede contarme todo cuanto sepa de la noche”, le inquiere Nora Flood al doctor O´Connor, en “El bosque de la noche” (1936).
   En la novela, Nora es el personaje de la propia escritora, Djuna Barnes (Nueva York, 1892-1982), quien en 1921 llega a París como reportera de Mc´Calls, para entrevistar a personajes famosos, allí entabló amistad con Ezra Pound, James Joyce, Gertrude Stein, Natalie Barney, Peggy Guggenheim, Kay Boyle o Eugenio Montale. De los años 20 al 33 pasaron muchas cosas alrededor de la vida noctámbula de la ciudad, que ella, la escritora, una escritora atípica que se formó en casa porque sus progenitores (más tarde separados) recelaban del sistema público de enseñanza; vivió y bebió hasta el disparate. También se enamoró con la locura necesaria para mantener una relación con otra mujer mucho más joven, la escultora Thelma Wood, en la veintena cuando Djuna andaba por los treinta. Una relación que duró ocho años con altibajos en los que Thelma tuvo otros amores, el más reconocido el de la fotógrafa Berenice Abbot, cuyas infidelidades la hicieron sufrir en demasía, y a modo de venganza, les otorgaría un protagonismo y una descripción sicológica de los personajes sin demasiada piedad.
  Fueron años duros para Djuna Barnes, alcoholizada y depresiva, con varios intentos de suicidio y la posterior asistencia de una mecenas ejemplar como Peggy Guggenheim, quien la liberaría de París, y durante muchos años la asistiría económicamente. Con una mala salud constante, Djuna alcanzaría los noventa años.
   El doctor O´Connor, que representa a Dan Mahoney, es un irlandés, fantasioso y delirante, que se dice Dante y se disfraza de mujer con tirabuzones y camisón, y reside en una especie de escenario nauseabundo y cutre que tiene por piso. Hasta allí el encuentro, por error, pues éste esperaba a otra persona. Y allí la gran lección. “Hace ya mucho tiempo que la noche es noche”, que encierra lecciones de vida, “No somos más que piel al viento, con músculos tensos contra la mortalidad”, también de manifestaciones noctámbulas, “¿Era de noche cuando Sodoma se convirtió en Gomorra? ¡Era de noche, lo juro!”, porque la noche es necesaria, incluso cuando arde Roma. “El incendio lo pones en pleno mediodía y pierde algo de su significado”. Así es, Djuna, así, es.

* Publicado en La Revista 23/11/2016

10 oct 2016

Coleccionistas

  Se llama Dalmacio Fernández, palentino de Saldaña, y leo en la web que atesora 1.872 cachavas de madera labradas a mano. “La mayor colección de cachavas del del mundo” reza el titular, como si hubiera alguien a la zaga. Y todo ello con la certificación del Récord Guinness, que da fe de todas estas cosas. 
El ser humano para bien de la humanidad es capaz de superar logros de lo cuales nos beneficiamos todos, también de atiborrarse de inutilidades y coleccionarlas. El coleccionismo está lleno de tipos singulares, capaces de pelear lo indecible ese objeto que no posee. Todos hemos coleccionado cosas de manera apasionada, hasta que un día cayeron en el olvido. Internet es a la gilipollez humana lo que que la cuadratura del círculo a la geometría. Puestos a buscar estupideces semejantes a las de la cachava del palentino uno las encuentra mayores, como la de un australiano, Graham Barker -aparece también con foto- que lleva recogiendo pelusilla de su ombligo desde el año 84. Ahora la tiene depositada en tres botes y va por la nada desdeñable cantidad de 22 gramos de inmundicia. Ver para creer. 
  Coleccionistas de juguetes, de sellos, de dedales, de sombreros, de chapas de refrescos, de coches. El mundo está lleno de entusiastas capaces de dejarse la piel por coleccionar cosas. También es cierto que entre todas esas colecciones las hay tan interesantes, porque responden a criterios históricos, artísticos, de los que después nos beneficiamos todos. pienso en Peggy Guggenheim, que al margen de atesorar amantes y maridos, como era lista y tenía posibles se hizo con una pinacoteca maravillosa que hoy por suerte celebramos todos. O en nuestras latitudes, el caso de Olimpio Liste, o Florencio de Arboiro, quienes nos han permitido conocer la historia de nuestro país desde una visión etnográfica. 
  Aunque para coleccionismo con mayúsculas un nombre. Amancio Ortega, quien harto de acumular pasta se entrega para sí el Monopoly completito. Con un par. 



24 ago 2016

Alejandra Pizarnik, la #Maga que pudo ser

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Imagen: Alejandra Pizarnik.



A Alejandra Pizarnik (Avellaneda, 1936-Buenos Aires, 1972) el vacío y la muerte le atormentaba en cada esquina. Desde niña se miraba en el espejo como se miran las niñas. Allí encontraba su mirada triste y melancólica cargada de complejos. “Esta lúgubre manía de vivir/ esta recóndita humorada de vivir/ te arrastra Alejandra no lo niegues”. Su padre consciente del malestar de su hija se aferra también al poder sanador de la poesía oscura y simbolista de su vástaga; él le financia su primera obra, “La última inocencia” (1956), con todos los mimbres hilvanados ya de silencio y tormento.
   La familia la protege del desánimo. Ella escribe y escribe, a la par que se encierra en su prisión de ecos, de comparanzas con otros abismos, Rimbaud, Mallarmé, “Te remuerden los días/ te culpan las noches/ te duele la vida tanto tanto/ desesperada, ¿adónde vas?/ desesperada ¡nada más!. El espejo se consume de tristeza, ella se vuelve mucho más agitada, entre 'Gitanes' perfumados al viento y anfetaminas que resquebrajan la consciencia y la calma.
Por suerte la literatura crece, tanto que supera la propia angustia vital de esta mujer menuda, de corte de pelo a lo garçon y una suerte de nariz ancha que aplana su rostro dulce sin demasiados acentos femeninos.
   Durante años se aferra a un estado de ánimo que fluctúa, pulsando la estación del vacío como si de una columna vertebral se tratara. La mente se estrecha pero no le impide la escritura, todo lo contrario. Antes de aventurarse hacia París (1960), publica “Las aventuras perdidas”. París no es una fiesta, es un refugio de cuatro años donde medra y resiste, traduce a Artaud y a Bonnefoy y se deja seducir por el surrealismo de Breton y Nadja. Contacta con Cortázar que está terminando Rayuela. Se vuelven confidentes, casi amantes, un amor que no tiene límites ni tampoco goce. Ella se dice La Maga, se mira en el espejo y se cree ella. Cortázar no lo niega, al menos a ella. En 1964 regresa a Buenos Aires, sin otra red que su locura y escribe: Julio, fui tan abajo. Pero no hay fondo... No lo había. Las misivas de Cortázar insisten en la vida, ella se refugia en sí misma y escribe sus mejores poemarios de lo oscuro. En el psiquiátrico de la muerte le piden que abandone la escritura, ella percibe la locura. Desesperada, 50 pastillas de Seconal la liberan para siempre. Tenía 36 años,
* Publicado en La Revista 24/08/2016

5 ago 2016

Dora Maar y el Picasso más salvaje #Iconos

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Imagen: Dora Maar y Picasso, en la playa.
Autor: Man Ray, 1935.


Man Ray



En dora Maar la ambición llevaba escrito un nombre, Pablo Picasso. “Esta tarde voy a estar con Picasso en Les Deux Magots”, le había confesado Paul Eluard. Así fue.
Allí estaba el pintor, con su habitual corte de aduladores. La la mira al pasar, con la precisión de un taxidermista. Reconoce en su rostro la seriedad como enigma. Es la mujer de las fotos de Man Ray. Ella se sienta, aclimata su cuerpo sobre una de las sillas; en la mesa reclina su mano provista de un guante en terciopelo oscuro, casi negro, su color preferido. Con la otra mano traza un juego, extraño en un ángel. Una y otra vez deposita sobre la madera el acero de una navaja, como si fuera necesario. Picasso pregunta, “¿Quién es?”. “Ha sido amante de Georges Bataille”, responde Eluard. “Quien ha amado a Bataille no puede ser ningún angelito”, piensa. En aquel ejercicio extraño de puntería suicida su precisión sucumbe, su mano dibuja unas líneas de sangre que acompañan al trazado de sus dedos. Picasso requiere para sí el guante, le acompañará para siempre, el cazador adora sus piezas.

Man Ray, 1936.

No sólo habían registrado sus sueños de alcoba un ser despiadado como Bataille, practicante del sexo salvaje, admirador del Marques de Sade y sus exquisiteces amatorias, también un actor, Luis Chavance. No se hable más, piensa el malagueño casado entonces con Olga Koklova y amante a su vez de Marie-Thérese Walter, casi adolescente. Dora es pintora y poeta, pero sobre todo fotógrafa de moda y publicidad, colaboradora de Harry Ossip Meerson y amiga de Brasaï, Cartier Bresson y Man Ray, además de toda la pléyade de surrealistas y muy comprometida con los movimientos de izquierda. Su nivel intelectual y cultural, hija de buena familia, su padre es un reconocido arquitecto argentino de origen judío, supera al sacrosanto Picasso, pero él la repliega, le corta las alas y la convierte en musa, la mujer que llora, como la representan sus pintoras. Es la gran protagonista del Guernica, quien a su vez documenta sus gestos. Se complementan, se aman como perros. Seis años dura el amor, 1936-1945; después se vuelve invisible. Se refugia en su piso de parís que envuelve sus sueños, su silencio. Después de Picasso, solo Dios, así fue. Se murió en 1997, 25 después de Picasso.

*Publicado en La Revista 7/07/2016

Egon #Schiele, un pintor degenerado


Imagen: "Woman with black stockings", 1913.
Autor: Egon Schiele
    El trazo de Egon Schiele (Donau, 1890-Viena, 1918) fue casi mu eca de su vida, una especie de chapuza consentida, pero con la precisión psicológica de un taxidermista de oficio. Demasiadas veces escuchó aquello de que su pintura era una imitación de Klimt, de quien se convertiría en discípulo y protector. 
Egon Schiele

Todo discípulo desafía al maestro; Schiele, con veinte años, ya consideraba superado a Klimt y su visión edulcorada del universo femenino. Él quiso llegar más lejos; Klimt le aconsejó relajo, aplacar la furia y la líbido. Sus dibujos se mostraban tórridos, cuando no explícitos en cuanto a contenido sexual, con modelos que mostraban su sexo o simulaban poses masturbatorias. Lo que era un universo rico, al mostrar el sexo crudo, la visión fría y la mirada interiorizada de los protagonistas -con él autorretratado en no pocas ocasiones- resultaría un problema, si para reflejar aquel mundo distendido -muchas de las modelos eran prostitutas- se recurría también a menores. Así llegó el calvario de la cárcel, 25 días, al ser denunciado por el padre de una joven de trece años, Tatiana von Mosjig, tal como se narra en la película “Exceso y castigo” (1981).
Aunque la pintura de Schiele era anti académica, su trazo de un tirón, sin levantar el lápiz del papel. su visión a vista de pájaro de la escena, sobre fondos planos, como enfatizando en el grado de soledad de los protagonistas, sorprende.  
Hay quien ha criticado esa visión hedonista y solitaria, obviando el oficio de muchas de aquellas protagonistas. Entre ellas, Wally Neuzil fue la modelo más recurrente, con la que tuvo una relación muy intensa. Con Wally abandonó la claustrofóbica Viena que tanto deprimía al pintor y se trasladó al campo, primero a Krumau, después a Neulengbach, donde sus prácticas escandalarizaron a los lugareños, tanto que optaron por regresar a Viena donde se siguieron amando, al tiempo que otras  mujeres se introducían en sus vidas, las hermanas Adele y Edith -pertenecientes a la burguesía- con quien llegaría a casarse, sin advertir nada a Wally.
La I Guerra Mundial separa sus destinos; él como intelectual tendría un destino cómodo. En 1917 se entera de la muerte de Wally. Ya en casa, Edith se queda embarazada pero fallecería de la gripe española; en 1918, la misma enfermedad se llevaría tambien la suya. Tenía 28 años.
* Publicado en La Revista 4/08/2016

23 jun 2016

Amor surrealista, Breton/Lamba #Iconos

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Imagen: Jacqueline Lamba, en Aquarium, 1934.
Autor: Rogi André.

Jacqueline Lamba. 
Los surrealistas salvaban la tarde a golpe de ocurrencia, de encuentros, entre objetos extraños y misteriosos, en el mercado de pulgas. En el amor también, “Amor fou”, le llamaban.
  En el sacrosanto templo del 'Café Place Blanche' mataban las tardes André Breton y sus acólitos, en 1934; el lugar, lo más parecido a un sanedrín de la estética surrealista. Ella lo sabía, muchos lo sabían, aquellos ecuentros tenían lugar para ser vistos y contados. Ella, Jacqueline Lamba, una mujer “escandalosamente bella” con pretensiones artísticas pero que se ganaba la vida nadando en una pecera con la delicadeza de una ondina. Esa condición fue la  más significada del encuentro fortuito, ya que de la condición de artista y mujer, para los surrealistas y otros, era una condición sospechosa sin valor.
Aquella tarde en el Café Breton él estaba de espaldas a la puerta, así que no pudo ver más que el quiebro de la mirada en el rostro de sus acompañantes. Aquella mujer de “cabellos pálidos, escandalosamente bella” se paseaba puertas adentro como si levitara para incendiar con luz su cuerpo y a su vez la sala. No había truco. La joven lleva un cuaderno en la mano, se instala en una mesa y escribe. “Escribe para mí”, piensa Breton, una carta que no llega.
  A Breton le fascina la estética surrealista de la que es padre; se lleva las manos a la cabeza. El ángel premonitorio del destino ha tenido lugar ya en forma de poema, “Era para ella seguro”, piensa. El azar existe. Aquella noche se encuentran en la calle, e insisten. “Jacqueline Lamba, pintora y bailarina de ballet acuático”, lo que más excita al poeta es su otra condición, ella lo sabe. Aquella noche las calles de París se quedan cortas, se besan y se despiden a las puertas del Médical Hotel. Aquel paseo estaba escrito, por él mismo, en 1923, “Tournesol”. Aquel paseo por Les Halles, aquella bailarina que se paseaba sobre las puntas de sus pies, aquel amor noctámbulo tenía su réplica en un poema. El surrealismo funciona, se decía Breton. No hay distingos entre palabras y cosas, todos los hallazgos son posibles, igual que los sueños. Lo que no sabía Breton era que nada de aquel encuentro era casual. Fue Dora Maar quien le dio la pista, Jacqueline tan sólo les siguió la pista, y se dejó llevar. André y Jacqueline se casaron, y tuvieron una hija, Aube.

* Publicado en La Revista 23/06/2016

26 may 2016

Charles #Bukowski, con sabor a blues #Iconos

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Imagen: Charles Bukowski con su mujer, Linda Lee.
Autoría: Getty Images.



No lo intentes, Don't try, reza en su lápida, a modo de advertencia para la pléyade de seguidores aferrados con una mano a la botella, la otra, a un puñado de folios desprovistos en su escritura de horizonte rectilíneo. “La primera palabra que aprendí fue licor”, recordaba la frase, su última esposa Linda Lee en su entierro, el 9 de marzo de 1994, en medio de un cortejo fúnebre de monjes budistas.
   Charles Bukowski (Andernach, 1920; California, 1994) fue un engendro de hombre ya desde niño, cuando en la escuela sus compañeros se mofaban de su presencia introvertida, rara, y con el semblante rudo repleto de acné. En casa le llamaban Henry, por Heinrich Karl, para ocultar su origen alemán y una emigración a destiempo del sueño americano. Su padre, también alcohólico, a quien golpeaba el desempleo, pagaba también a golpes con él  un futuro crudo.
   En 1955 los médicos ya le adivinan el final si no deja la bebida, y él se adscribe de por vida a la escritura -poesía, novela, relato- de manera convulsa, siempre dispuesto a retratar un sueño americano a la inversa. Nadie lo había escrito así, tan guarro, tampoco de manera tan brillante. es como si de la náusea se pudiera desprender un paisaje maravilloso. Y la náusea era tal cual, lo deja escrito en “Mujeres”. Lydia llama a la puerta, él sale corriendo al baño a vomitar. Ella le pregunta si está enfermo, “No, no. Estoy bien. Siempre me ocurre lo mismo al despertarme". Así era Bukowski, un despojo de sí mismo que se inspira en su mundo de vagabundo. “Me gustan los hombres desesperados, hombres con los dientes rotos y los destinos rotos. También me gustan las mujeres viles, con las medias caídas y arrugadas, y con maquillaje barato”. Lo de las mujeres merece capítulo aparte. “¿Por qué escribes de las mujeres de esa manera?”, le inquiere Lydia  “Me parece algo vergonzoso que un hombre que escribe tan bien como tú no sepa nada absolutamente de mujeres”.      
   Sí que sabía de mujeres, y de hombres. Lo que en el fondo parecen historias sobre la destrucción, sobre el sexo y las borracheras permanentes, en realidad son excusas para alejar el dolor; detrás de una apariencia de gemidos e intercambios de flujos, lo que hay es una intensa ternura y piedad hacia el ser humano, con desgarro, el de alquien que interpreta una melodía resistente, en clave de blues, en bucle permanente, Mientras insiste, “Don't try”.

*Publicado en La Revista 25/06/2016

Envolturas de silencio

E l invierno envuelve cada rama entrelazadas entre sí por el frío y la niebla que lo atrapa todo en un escenario de aventura. Todo es ...