13 may 2016

¿Por qué, #Medea, por qué? #Iconos

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Imagen: Medea (1862), de Eugène Delacroix.



Medea es ficción, Medea es mito. Medeas son muchas, Eurípides, Séneca, etc.; Medea universal, sin fronteras del tiempo. Tragedia, drama, venganza. ¨Que nadie me tenga por floja, débil e indolente...” La venganza es vida mientras esta se consume por el odio. ¨Sí,prenderé fuego a la morada nupcial o les atravesaré el hígado con afilada espada”.
Medea, presa de la furia, del rencor, calcula, con la frialdad del hielo, la destrucción de Jasón, Glauce y su padre. Ellos no tienen la culpa, pero están ahí y forman parte de ella; para hacer más daño a su marido acabará con sus propios hijos. Después, un carro de serpientes aladas guiará sus pasos hacia Atenas.
Atrás, bien atrás, un viaje, en busca del vellocino de oro, destino. La Cólquida. Los Argonautas te salvaron, ellos fueron los héroes. Con ellos tu amada Medea, hija de Eates, el rey de ese país. Es ella quien te ayuda a superar las pruebas, a robar el vellocino de oro, y a huir hacia Corintio. Allá tu tragedia, Jasón.
¨Jasón me debes un hermano”. El poder impone condiciones; Medea, te ayudó en la muerte de Pelias, él había matado a tu padre. Pero aquel amor, y sus frutos han sido mancillados, tu lecho, deshonrado. Te prometiste a Glauce, hija del rey de Creonte; ¡Ay, el coste de la traición!.
Pretenden -Medea- que abandones Corintio; el mal, la tragedia se mastica pastosa. No valen lamentos, el coro de mujeres poco puede hacer más allá de escuchar tu llanto, el hombre por el que dejaste a tu familia, tu tierra, te ha traicionado.
Creonte -el rey- suspira tu destierro, que abandones Corintio y dejes vía libre para que tu amado se case con la princesa. Él -Jasón- también te lo pide; tú sólo pides tiempo para asumir; las palabras cruzan en tu mente como si fueran lanzas. Les haces ver que eres sumisa pero tú no vas a soportar sola el repudio y el destierro; la venganza queda escrita, ¨Hacer de una recién casada una antorcha nupcial”; con falsedades le haces creer a tu amado que aceptas su boda y tu destierro. La princesa Glauce desconfía de tu presente, ese vestido impregnado de pócima mortal que tus propios hijos han portado. Duda, pero acepta, el veneno arrasa su piel que la quema como un ácido, muriendo ella y su padre, el rey Creonte. Jasón no tiene réplica, o no otra que sus/tus propios hijos. ¿Por qué, Medea, por que? Eran tus hijos.

* Publicado en La Revista 12/05/2016

5 may 2016

Madame du Barry, la preferida del rey #Iconos

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Imagen: Dolores del Río, ¨Madame du Barry”, 1934.




En el período del Terror (1791-1794) Francia no frenó la guilotina un instante. Nuestra protagonista, Madame du Barry, un ángel de belleza arrebatadora sería ajusticiada un 8 de diciembre de 1793, a la vista de todos y con la mirada de desprecio hacia el populacho; casi a un tiempo que María Antonieta, su gran ememiga en la corte.
   Nacida Jeanne Bécu (1743) en Vaucouleurs; en los prostíbulos de París se la conocía como mademoiselle L'Ange, supuestamente era hija de un franciscano llamado Ange, y de una cocinera. Ella también estudiaría con las monjas, hasta que -15 años- su rebeldía la hiciera volver junto a su madre y desempeñar otros oficios, entre otros dependienta de una tienda de modas. Por su físico el respetable masculino suspiraba; cae en las manos de un proxeneta de familia noble y pocos escrúpulos como Jean-Baptiste du Barry, acostumbrado a buscarles porvenir a las jovencitas. Pero ella ya se dedicaba al oficio; así que él tan sólo le garantizaría contactos de alta alcurnia, el marqués de Arcabol, el mariscal Richelieu o el financiero Sainte-Foi. No hubo amor, tan solo una relación de intereses.
    Cuando se la presentaron al rey Luis XV, lejos de avergonzarse de su pasado, ella se presentó como experta en el arte de amar. Así ocuparía el puesto de la marquesa de Pompadour, recién fallecida. La designación fue un asunto de estado. Richelieu se mostró favorable, así pensó que el rey podría destituir al Secretario de Estado Choiseul.
   Para ser amante oficial del rey, un sexagenario apasionado de las jovencitas, era necesario antes casarla con alguien que le aportara título nobiliario; fue un du Barry, Guillermo, hermano de Jean-Baptiste, a cambio de una suculenta cantidad de dinero y desaparecer de la escena; ella, a pesar de las reticencias, entre otras las de las hijas del rey, se sentó a su mesa y recibió el palacio de Louveciennnes. Amante de las artes, en especial la música, y del gusto refinado, acumularía una gran cantidad de joyas, algunas harían suspirar a Maria Antonieta, como un collar de más de mil diamantes, rubíes y esmeraldas. Tiempos revueltos, tras la muerte del rey se le presagiaba un breve futuro. Sus frecuentes viajes a londres, donde recalaba en brazos de otros amantes, fueron también excusa, ocultar joyas y bienes. Le pillaron, poco después, sería la guillotina quien entraba en eljuego.

* Publicado en La Revista 4/05/2016

7 abr 2016

Valtesse de la Bigne y su cama #Iconos

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Imagen: cama de Valtesse de la Bigne, de Édouard Lièvre, 1875.


La Alcoba más famosa de Francia está en el Museo de Artes Decorativas de París, una cama en madera y bronce con baldaquín, allí unos cortinones verdes se descuelgan sobre el lecho y su enrejado cierre dorado. El verde era el color favorito de la dueña, Valtesse de la Bigne (París, 1848-1910), allí sollozaron aristócratas que le dieron forma de lujo a su vida; también pintores (Gervex, Detaille, Courbet, Corot), a algunos sirvió de modelo, a todos inspiró; o literatos, como Émile Zola, sobre cuya figura recreó su personaje de “Nana”, y su relumbrante misterio, la admirada cama. “Una cama como ninguna otra, con trono, un altar donde París admira su desnudez soberana”, diría Zola. Pero hablaba de oídas, porque, aunque se aprovechó de la amistad con el pintor Henri Gervex para colarse en la vivienda de esta afamada cortesana del Segundo Imperio, amante del mismísimo emperador Napoleón III, no le quedó otra que imaginar el lecho para describir más tarde en su novela; aunque insistió, la condesa le negó el paso y le recriminó su actitud. Zola consiguió ser invitado a comer, pero se le declinó la posibilidad de curiosear en la alcoba como pretendía, digna tan solo de quienes compartían amoríos. Al llegar el escritor enmudecido por los excesos decorativos de la estancia; en el comedor, sin entrar en conversación con los otros invitados, tan sólo se dejaba llevar por la pluma y las notas. “¿Cuál es la altura del techo Madame?”, inquirió, cuando todos aguardaban su estimable conversación; la apreciación puso al desnudo sus intenciones. Sin más, Valtesse, pidió al pintor que nunca más lo llevara a su casa. El atrevimiento no le impidió después insistir en ver la alcoba, la negativa se hizo más rotunda; tan solo la historia y sus amantes disfrutarían del lecho.
 
Rolla, 1879, de Henri Hervex; con Valtesse de la Bigne de modelo.
   Valtesse, de pelo rubio en cascada, hija de lavandera normanda que se ganó la vida como meretriz, trató sin éxito de ser actriz, con “Orfeo en los infiernos”, de Jaques Offenbach, así que apostó por la vida de cortesana. Entre sus amantes los príncipes Lubormirski, o de Sagan, a quien arruinaría al financiar su hotel particular construido por Julez Février en 1876. En realidad, a la condesa le gustaban las mujeres, entre ellas, Liane de Pougy, a quien protegió y dio sabios consejos. “Una buena puta debe dedicarse a contar las moscas del techo mientras finge disfrutar”; así fue.


*Publicado en La Revista 7/04/2016

31 mar 2016

Anita Pallenberg y los salvajes #Stones #Iconos

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Imagen: Anita Pallenberg, 1967.
Autor: James Baes.

Los sesenta fueron salvajes de la mano de los Stones; una cabellera rubia de mujer fatal encendía pasiones, nada difícil al calor de la banda. Anita Pallenberg (Roma, 1944), joven refinada nacida en Italia, educada en Alemania y de buena familia se abría paso en la noche de Roma, París y Nueva York. La chica adoraba también el blues de los Stones; entonces la banda era de blues. La primera vez que se acercó a los Stones fue en 1965, en un concierto en Munich, ella trató de ofrecerles hachís, algo que la banda rechazó, nunca se colocaban antes de los conciertos, dijeron.
Ni aunque se lo ofreciera el mismo diablo con melena rubia y cuerpo de mujer. Después de la actuación Brian Jones la invitó a su habitación de hotel y así se hicieron inseparables, la pareja más glamurosa en cualquier fiesta que se preciara. La historia duró dos años, hasta el declinar físico y psicológico de Brian, allí los Stones cambiaron de rumbo. Una noche de excesos dejaron a Brian en Tánger, en medio de una sobredosis, y Anita Pallenberg se unió a Keith Richards, que le abrió su corazón. Así doce años juntos y tres hijos en común. 
tumblr_niar896dVC1sdan8vo1_1280_resultLos setenta fueron años duros, pero la impronta de Anita quedó patente en la banda. Suyos fueron los coros de Sympathy for the Devil, y a ella estaban dirigidas canciones como Beast of Burden o Happy. 
A su carrera de reconocida modelo, Anita sumaría papeles de actriz, el de Barbarella de Roger Vadim junto a la inigualable Jane Fonda, o el morboso de Performance (1968) de Donald Cammell, todo un entramado de pura confusión sexual de siete semanas de rodaje donde filmarían escenas de sexo con Mick Jagger, que quedarían al margen de la versión oficial.
Los Stones le deben a Anita muchas cosas, empezando por su estilismo, Brian Jones se aferraba siempre a alguno de sus “trapitos”, y qué decir de la buscada androginia manifestada desde entonces por Jagger o Richard. El poder de Pallenberg sobre la banda era sobrenatural, al menos hasta que su presencia se volvió fatal. La heroína hizo estragos en su relación con Richard. En 1979 un chico de 17 años se suicida en la cama de la pareja jugando con la pistola de Keith. La juerga llegaba a su fin. Curas de desintoxicación, hospitales para alcohólicos. La diablesa tocaba el infierno con la mano. Una mala influencia para la banda, sin duda. 







* Publicado en La Revista 31/03/2016

3 mar 2016

El último tiro del cazador # Hemingway #Iconos

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Imagen: Ernest Hemingway.

Ernest Hemingway



No eran ni las 7 A.M. y el día se vencía a plomo, como si la verdad se sirviera ya gastada. La noticia ocuparía las primeras de los rotativos, era Ernest Hemingway (Oak Park, Illinois, 1899-Ketchum, Idaho, 1961).
  A Mary Wells, su cuarta esposa, la conoció en plena contienda; ella, también periodista, trabajaba para la revista Time. Eran las postrimerías de una guerra y él, un hombre casado -ella también-, sin embargo, aquella petición de casamiento después de almorzar resultaba creíble. El león, desde su atalaya de un metro noventa rugía de nuevo; se casarían en 1946.
   Aquellos días -julio de 1961- el escritor andaba raro. Nada que ver con el torrente que lo llevó a serpentear todos los peligros, empezando por la conducción de una ambulancia en la Italia de la primera gran guerra, con apenas 18 años. Todo en él había mudado en silencio, miedos injustificados, aunque fuera más que real que el FBI le siguiera los pasos. Con la única vestimenta posible -la “túnica del emperador”- que a cualquiera le señalaría en ridículo, tras vislumbrar con melancolía la atmósfera de la mañana, abandona la estancia con el sigilo del suicida. Mary duerme con el desvelo de la incerteza, el que le había llevado ya al hospital de Sun Valley y a la clínica Mayo para aplicar sobre el escritor terapias de choque. No era la primera vez que lo encontraba acariciando su preciada Boss empujando cartuchos del 12 grande. La sangre y la violencia extrema nunca amilanaron su espíritu, su vida había sido un espectáculo en forma de belleza y sangre, animal o humana. Es probable que -en su pensamiento- el FBI, le pisara los talones. Dos tiros sin pausa, y el silencio roto despiertan los peores presagios. “Un accidente, ha sido un accidente”, que nadie piense en lo contrario. A sus 62 años la casa era un arsenal, presionar el gatillo, un gesto más interiorizado que pulsar la tecla y posicionar pensamientos en frases carentes de subordinadas sobre un folio en blanco, al menos hasta que éste se había rebelado contra el Nobel. La escritura se había convertido en tormento, alguien del FBI seguía sus pasos. Fue un accidente, créanme.

*Publicado en La Revista 3/03/2016

25 feb 2016

J.D. Salinger y la mujer de Chaplin #Iconos

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Imagen: Oona O'Neill, en 1942.

Oona O'Neill, en 1942.


Mi madre se dedica a ligar y a deprimirse, mi padre vive en San Francisco. Veámosle el lado positivo: ¡soy la chica más libre de Nueva York!”, le dice Oona O'Neill a Jerry Salinger, no de cualquier manera, en voz de su propio personaje: “Oona y Salinger”, la recién editada novela del francés Frédéric Beigbeder (Neuilly-sur-Seine, 1965), en unos diálogos imaginados entre quienes en un verano de 1940 fueron novios. Ella, hija de Eugene O'Neill, quien la abandonaría junto a su madre; él, el autor de “El guardián ante el centeno”(1951), crónica del vivir juvenil, cuyo éxito no superaría. Pero en 1940, aquel amor imposible y casto en medio de un frenesí noctámbulo y alcohólico atormentaría a Salinger.
 “Tengo que perderla para que permanezca inocente en mi recuerdo”, se decía para sí el futuro eremita, pero sus planes serían un fracaso.
En la novela transitan personajes reales de aquel campeonato improvisado de escritura, Truman Capote, Orson Welles, Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, pululan entrelazados como quien quiere dar argumentos de vida a Salinger, el larguirucho personaje -21 años- que se enamora de la hija del ya Nobel, una jovenzuela guapa y pizpireta de 17 años, que, aunque, tímida se codea con lo más granado de la sociedad neoyorquina.
   Pero la actitud impávida de la chica ante el futuro azuza la estrategia a seguir. “¿Me esperarás?”,”Deja de gimotear, hombre, ¡pareces Scarlett O'Hara! Tratando en vano de impresionarla Salinger se alista voluntario en el ejército, y ella se dirige a Los Ángeles, en busca de una carrera artísitca. No le esperará. Desde el frente, después de arrastrarse por el fango de la contienda, le remitirá misivas. Él participa en el desembarco de Normandía y en la liberación de París; ella casi sin recordarlo se divierte en sus noches de vino y rosas. En una de ellas, después de cenar con Orson Welles terminaría éste en ejercicio de pitoniso por leerle la mano, fue sincero, “conocerás a un hombre mayor”. Así fue, se llamaría Chaplin, de 54 años. Juntos hasta el final, tendrían ocho hijos. A Salinger no le sirvieron de nada sus plegarias ni su arte.

* Publicado en La Revista 25/02/2016

19 feb 2016

Garganta Profunda, o el sexo XL #Iconos

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Imagen: Linda Lovelace, 1972.
Autor: En Garganta Profunda, de Gerard Damiano.

Lina Lovelace
 En San Genaro -“Cuéntame”- la peña anda revuelta, en la sala X de la calle del Pez se estrena “Garganta Profunda”. Se ubica el momento en 1984, cuando en España se aprueba la Ley Miró del cine; la cinta fue filmada en 1972, en Estados Unidos.
Una broma que se salió de madre, sólo así se entiende su alcance. Una joven descubre que el sexo le desconcierta, no es que no se excite, pero no como a ella le gustaría. Entra en escena el Doctor Joung, que descubre con sorpresa que su clítoris está ubicado en la garganta; el séptimo arte da con la piedra filosofal. El despertar sexual de la sociedad americana fue un despertar económico. Gran parte de ese negocio estaba en manos de mafiosos, esta película también. Butchie Peraino era un influyente miembro de la familia Colombo, presente en la ciudad de Nueva York. Sexo explícito con trama y aspecto de película; para ello cuenta con Gerard Damiano, un director de largos sin  miramientos. La trama para la película, protagonizada por Linda Lovelace (1949-2002) y Harry Reeems (1947-2013), fue ideada tras un encuentro casual del director con la actriz y su entonces marido Chuck Traynor, quien ejercía de chulo sin remilgos. El primer encuentro fue en el despacho del mafioso, el segundo, en un club de intercambio de parejas, donde descubrió la felación y el arte que  Linda desarrollaba. El rodaje fueron 10 días, en Florida, y la trama, una mujer que buscaba con decisión su orgasmo. En 12 de junio de 1972 la película se estrena en 300 salas. Aún así, la cosa no hubiera tenido más recorrido sin la intervención de dos protagonistas, un crítico, Al Goldstein, de Screw, quien la reseñó como la gran película porno; el otro, Richard Nixon, quien de la mano de sectores más conservadores trató de impedir sin éxito su difusión, aunque condenaran a Harry Reeems a cinco años de cárcel que no cumplió, entre otras razones por el apoyo de actores como Jack Nicholson, y o Gregory Peck a favor de la libertad de expresión.
Un talento mafioso como Frank Sinatra no dudaría en contar con Linda Lovelace y su marido proxeneta en sus fiestas. Butchie Peraino, vio cómo sus 24.000 dólares invertidos sumaron más de 600 millones. Y Nixon, no sólo no consiguió frenar la cinta, sino que al informante de su propio escándalo que provocó su cese se fijaría en la historia con el sobrenombre de la película.

*Publicado en La Revista 18/02/2016

14 ene 2016

Russ Meyer, y vienen curvas #Iconos

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Imagen: Tura Satana, en "Faster Pussycat", Kill! Kill!, 1965.
Autor: Russ Meyer.

Tura Satana, 1965


Russ Meyer (California, 1922-Los Ángeles, 2004) fue un tipo con las ideas claras, decidido, lo mismo se atrevió a filmar la Segunda Guerra Mundial a las órdenes del general Patton, que a fotografiar, armado de glamour, a las conejitas de Playboy del singular Hugh Hefner. En su filmografía, tuvieron mucho que ver sus obsesiones, las mujeres con grandes pechos; sus líneas biográficas, una madre dominadora y desquiciante, una hermana colgada de locura, o un padrastro calzonazos; incluso el padre biológico, un policía judío que los abandonó; el de policía es uno de los oficios más representados. 
José pazA Meyer no se le dio mal fotografiar modelos de Playboy, donde se topó con Anita Ekberg, o Eve Meyer, que se convertiría en su segunda mujer, también una hábil negociadora y productora de gran parte de sus películas. 
"The inmoral Mr Teas" (1959) sería el germen de lo que vendría después, sin pauta moral de fondo que justificara sus desnudos -las nudie-cuties de la época- lo suyo sería cachondeo y divertimento, a base de sketchs y regodeos eróticos como nunca antes se habían visto. De aquel marasmo iniciático se pasó a la sexploitation como género del que Meyer sería el padre, de allí saldría una gran saga fílmica que triunfaría a nivel comercial,  en la que él ejercería todo tipo de funciones, también la promoción acompañado de esa troupe de féminas rotundas.
Tras filmar "Lorna y Mudhoney", en 1966, títulos menores, se enfrenta a su gran momento, "Faster Pussycat, Kill! Kill!" (1965) pura locura con strippers en el desierto y su particular visión del juego. De todo el elenco, una mujer muy bella, todo mestizaje como Tura Satana -quien enamoraría al mismo Elvis- se apoderó de la pantalla; le acompañaba Haji, y la flamante Lori Williams. "Mondo Topless" (1966), "Common Law Cabin" (1967), "Vixen" (1968); y casi una treintena de películas para mentes calenturientas o fetichistas de una forma de hacer que se llenaría de fieles, John Waters, Brian de Palma o Tarantino.
  En su muerte, en 2004, nada tuvo que ver el sexo, que pudiera.
*Publicado en La Revista 14/01/2015


4 ene 2016

Elogio de la belleza

La Mirilla



“La belleza no hace feliz al que la posee, sino a quien puede amarla y adorarla”, que diría Hermann Hesse. En tiempos del yoismo enfermizo y del selfie atormentado parece difícil pronosticar otras verdades, encender otras luces que las propias, mirar a la vida y disfrutar; insistan.

*Publicado en el diario La Región 4/01/2015

24 dic 2015

Ingres o el deseo, en La gran odalisca #Iconos

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Imagen:  La gran odalisca, 1814.
Autor: Jean Auguste Dominique Ingres.
“La gran odalisca”, de 1814


Odaliscas eran mujeres esclavas del harén del sultán, asistentas de las esposas de éste; algunas, con el tiempo, se convertirían en esposas. Todas cohabitaban en el mismo espacio, el harén. Lo más parecido hoy serían las bailarinas de la danza del vientre; en tiempos, la entrega a los hombres consistía en mostrar sus encantos. Mientras las concubinas daban hijos al sultán, las mujeres del servicio regalaban música, danza y sexo; las odaliscas eran asistentas de éstas.
   Todas aquel imaginario fascinó a Occidente; si hubo un pintor que reflejó fielmente aquella pulsión romántica del XIX por el orientalismo ese fue Ingres (Montauban, 1780-París, 1867). Todo un desafío el de afrontar la sensualidad, la renovación del desnudo como nunca se había visto antes. Ingres es pura evocación, una genial disposición al dibujo, la pincelada precisa, serena, con unas carnaciones llenas de vida para llevar la imaginación hacia mundos de naturaleza morbosa y desconocida. Dos pinturas ejemplarizan ese anhelo con una maestría de largo alcance. “El baño turco”, de 1862, cuando el pintor ya era un anciano, y “La gran odalisca”, de 1814, con 34 años.
   “La gran odalisca” es puro voyeaurismo. El cuadro fue un encargo de Carolina Bonaparte como reina de Nápoles para emparejarlo con otro desnudo que tenía en palacio. Nunca lo disfrutaría, sería derrocada en 1815. Ingres, en un arrebato manierista, lo exagera, en un escorzo imposible, insinuante y a la espera. No es exactamente una mujer, son referentes de muchas y las proporciones no se respetan. En tiempos las alarmas puristas desvelaron desencuentro, hurgando en lo imposible de una mirada inexpresiva que no se corresponde, una espalda demasiado larga a la que sobraban tres costillas. Pero la bandera que el autor enarboló era la de la sensualidad y el deseo, a través de la desnudez sin un justificante mitológico, ni histórico, ni religioso que lo arropara. Con un porte neoclásico se estaba anticipando a los tiempos, gran parte del arte que estaba por venir, hoy no se entendería sin su obra.

*Publicado en La Revista 24/12/2015

13 dic 2015

Goebbels, macabro final de la familia ejemplar #Iconos #La Revista

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Imagen: Joseph Goebbels, Magda Quandt y sus hijos;
de uniforme Harald Quandt, fruto de su primer matrimonio.



La familia Goebbels ocupaba tres habitaciones del búnker, justo debajo de la Cancillería; un pasadizo unía sus destinos con los de Hitler. Entre los tres, Magda Quandt, Joseph Goebbels y el Führer existía un triángulo de unión de lazos cuasi familiares; los seis hijos de la pareja encabezaban sus nombre con h en honor al canciller. El que fuera fiel Ministro de Propaganda tenía una personalidad enferma, un trastorno narcisista, decían, que le hacía ser muy dependiente; su mujer, una furibunda nazi, recibía del dictador señales de un extraño enamoramiento.
El final estaba cantado, el suicidio, a modo de pandemia colectiva, iluminó el desenlace del poder nazi. “Nos los llevaremos con nosotros porque son demasiado hermosos para el mundo que se avecina”; Magda, desde su apresurada mutación al budismo, creía en la reencarnación. Los colaboradores de Hitler, y él mismo, hicieron lo posible para convencerla de que abandonaran Berlín; la firmeza de Goebbels hizo de aquella misión un imposible. El día de la despedida Magda recibiría un siniestro regalo de Hitler, la insignia de oro del partido. Una señal; la maldad de quienes habían surcado las aguas del barco alemán tocaba la orilla. Los soldados soviéticos incendiaban ya la atmósfera de la cancillería. Goebbels sabía que ningún ejército les libraría de su desenlace. Con una normalidad paranoica Magda guiaría a sus seis hijos hacía la muerte.
Una puerta entreabierta, un carrito, seis tazas tintineantes y una jarra de chocolate les acompañaría en el viaje macabro; la mezcla aderezada con somníferos lo haría indoloro. Eran las nueve horas del 1 de mayo de 1945, el búnker olía a muerte, el que no se había suicidado había cruzado a la desesperada las líneas del combate. El final del relato sugiere detonaciones, cápsulas de cianuro en las comisuras de los labios.
Al día siguiente los rusos entraron en el búnker, seis niños como seis ángeles en pijama blanco, ellas con lacitos en el pelo, yacían en el mejor de los sueños. Habían sido parte de una familia aria y modélica; cuando Goebbels cumplió 45 años todos juntos entonaron en público una hermosa canción.
*Publicado en la Revista 10/12/2015

Envolturas de silencio

E l invierno envuelve cada rama entrelazadas entre sí por el frío y la niebla que lo atrapa todo en un escenario de aventura. Todo es ...