18 ene 2012

Cela en trazo grueso

           Diez años ni son muchos ni pocos, quizás los justos para valorar y rememorar la ausencia del maestro de Iria Flavia. En Cela, don Camilo (1912-2002) todo fue grueso y pétreo, como su Galicia querida, o su prosa, que como él decía “no se salvará si no es muy buena”. Con  los años la cara se volvió caricatura, el cuerpo denso, y su vida una rutina mediática. No tenía prejuicios en ejercer de conferenciante en cajas de ahorro, participar como dama de compañía en eventos de alta alcurnia o pasear del brazo del alcalde de turno, previo paso por caja, evidentemente. Inventor de palabras, como nos descubrió Mario Camus en la adaptación de su exitosa obra “la Colmena”, pero también artífice de la grosería en boca. Delirante macho provocador de señoras, léase Mercedes Milá, cuando anunció en directo y con talento que el era capaz de absorber vía anal un litro y medio de agua, desternillada a los pies del maestro la presentadora le pregunta que si la prefiere con cloro o sin él, “yo las papilas gustativas las tengo en otro sitio”.
                   Grande, animal totémico, ser iracundo que se descubrió a sí mismo, y nos inundó de prosa elefantística cargada de latinismos y erudición, también de citas infinitas con las que colapsar nuestra avidez. A pocas personas se echan de menos en la pasarela catódica, a él sí. Provocador de raíz, siempre ávido de dar el cante o el cantazo al presentador de turno, “defina su obra en dos palabras”, “en dos imposible, necesitaría al menos cuatro, vete a la mierda”. Así, con un par…
                   A Cela el Nobel le vino tarde, a la vejez, como a todos,  pero antes que el Cervantes y a tiempo de anunciar desafiante “el que resiste gana” y también dejarse abrazar por una rubia sospechosa camino de Estocolmo, en las antípodas de aquella otra, Rosario Conde, quién no sólo mecanografió sus joyas sino que planchó también inmensos calzones.


        *Publicado en el periódico La Región 19/01/2012

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